jueves, 21 de junio de 2012

Debo estar enfermo

    

      ¿Puede haber una propuesta metafísica más profunda para una Happy Meal?

 

lunes, 4 de junio de 2012

El día de la bestia


         Hoy se celebra que Reinhard Heydrich fuera asesinado hace setenta años. Sí, se puede celebrar el crimen. Atendiendo a todas las consideraciones humanistas que un homicidio en primer grado pueda provocar, se lo merecía. Para hacerse una idea de la miseria que su rastro dejó en su paso por el mundo, recomiendo ver La Solución Final (Conspirancy), una película para televisión de la HBO, donde Kenneth Brannagh interpreta a Heydrich con esa inquietante convicción con la que los actores ingleses hacen de oficiales nazis. Como lectura, destacar el libro HHhH, de Laurent Binet, premio Goncourt 2011, y el artículo de Jacinto Antón: EL SECUAZ MÁS CRUEL DE HITLER.

         Aún así, es difícil llegar a cubrir mentalmente la perfecta maldad que desató Heydrich con su uniforme de las SS. Me pregunto qué sería hoy de un tipo como él, combinando su brillante inteligencia, su exquisita cultura y su ambición de poder. ¿Cuál sería su hábitat preferido? ¿En qué lugar destacaría? No lo sé, pero me imagino que se las arreglaría para vestir elegantes trajes de 5000$, viajar en limusinas y beber champán después de una junta de accionistas.



domingo, 3 de junio de 2012

La riada


          Ayer cometí la locura de gastar un dinero que no tengo en ir a ver a Bruce Springsteen. Estos no son tiempos para gastar sin pensar, ¿verdad? Setenta y pico euros por una entrada que significan tres horas de entretenimiento, bajo una lluvia torrencial constante, debió haberme hecho pensar que fue un derroche, un mal gasto, una puta estupidez. Pero no fue así. Por un momento, aunque Springsteen habló de los malos tiempos, la crisis económica no existía. Y esa fiesta de 45.000 personas, fue una peineta anular a la tormenta.

lunes, 21 de mayo de 2012


       "¡En esta casa obedecemos las leyes de la termodinámica!"

          Homer Simpson

domingo, 20 de mayo de 2012

Los inmorales


          El periodista Carlos E. Cué parece estar muy bien informado sobre todo lo que viene ocurriendo entre las bambalinas del Partido Popular en los últimos años. Por eso, si sus crónicas ya eran jugosas cuando Mariano Rajoy y los suyos estaban en la oposición, ahora que tienen el poder, y se ven en la complicada tarea de sacar al país de la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial, sus artículos se vuelven imprescindibles.

          Cué ha seguido paso a paso los cinco meses desde que Mariano Rajoy viene siendo presidente de España, relatando sus constantes esfuerzos por ganarse la confianza de los mercados. Ya con ganar las elecciones, escribió Cué, creyó que los mercados aplaudirían su victoria con una rebaja de la prima de riesgo y una subida del Ibex 35. Pero sucedió justo lo contrario: la tormenta económica se volvió aún más violenta.

          “Rajoy está cada día más descolocado. Perplejo. No entiende, explican los suyos, por qué unas medidas que él mismo considera durísimas no aplacan a los mercados.”

          Esto, que escribió Cué en el diario El País el jueves 17 de mayo, me produce cierta compasión. ¿Puede un presidente del gobierno ser un infeliz? Un gizajo, que es como en vasco se les tacha a los ingenuos que merecen la mayor conmiseración.

          Alguien debe explicarle a nuestro señor presidente el tipo de gente a la que se dirige con su política de recortes. Por favor, que alguien le haga llegar el vídeo de la entrevista que la BBC le hizo a Alessio Rastani. Sí, ya sé que muchos lo tachan de farsante, aunque más que eso, le acusan de buscar notoriedad. Pero aún así, yo lo se lo haría ver, y, si tiene tiempo, que continuara con el documental Inside Job y la película Margin Call. Es necesario que descubra cuanto antes la realidad a la que debe enfrentarse.

          Es difícil entender la dimensión de amoralidad a la que pueden llegar ciertas personas, por eso, hay que ser comprensivos. Pero qué duda cabe que es necesario que nuestro presidente entienda cuál es la naturaleza de ciertos centros de poder. Las agencias de calificación, el FMI, los bancos de inversión… Se imaginan a Gordon Gekko, el personaje de la película Wall Street interpretado por un convincente Michael Douglas, diciendo algo así como: <<¡Espera! En ese país vive gente, no vamos a disparar su prima de riesgo a índices insostenibles. ¡Lo llevaríamos a la bancarrota!>> Sí, ya, es solo un película de Hollywood. Pero es que su base era real. El personaje de Gekko estaba inspirado en un agente de bolsa llamado Ivan Boesky que afirmó en una charla a universitarios de la Escuela de Negocios de Berkeley: "No hay nada malo en cuanto a la codicia. Yo quiero que ustedes sepan esto. Yo creo que la codicia es sana. Se puede ser codicioso y aún así estar bien con uno mismo.

          Seamos claros, esta gente a la que desea contentar nuestro presidente es lo más parecido a un grupo mafioso que no está dispuesto a soltar su presa hasta conseguir la última moneda que quede en su puto banco nacional. Así de claro.

          Pero, ¿realmente es gente tan mala?

          El periodista John Carlin escribió en marzo de este año un artículo sobre su regreso a El Salvador, donde estuvo en los años ochenta, época de una terrible guerra civil que dejó 75.000 muertos, y en la que fue práctica habitual la matanza indiscriminada de poblados enteros. Carlin habla de un contacto político que tenía en el país, y al que volvió a ver en su regreso. Este hombre le confesó que se había reunido con un general retirado, al que le preguntó porqué habían matado a tantos niños. ¿Qué necesidad había de ello? El general le respondió: “Porque hacíamos lo que nos pedían los gringos”.

          Ya ven, los militares del mundo libre han podido estar involucrados en genocidios tan deleznables como los cometidos por los ustachis croatas o los einsatzgruppen nazis. Pero con una ligera diferencia, nadie les señalará con el dedo, porque quedaron impunes y en el más agradable anonimato. Bien, pues lo mismo está ocurriendo con los cabrones que están arruinando nuestro país. Lo hacen desde las sombras, apostando a que no aguantaremos más de diez asaltos, porque saben que ya estamos sangrando de la nariz, y eso les pone calientes. Es lo que nuestro presidente no entiende: continúan dándonos golpes precisamente porque nos están viendo sangrar. Creer que van a parar por compasión es ser un gizajo.

          Volvamos al cine, a ese lugar en el que un guionista, un director y un buen elenco de intérpretes nos recrean la realidad de un modo tan certero como lo hizo Scorsese en Goodfellas (Uno de los Nuestros) en 1990. La película recrea las memorias de un criminal auténtico llamado Henry Hill, con una sucesión de escenas notables como la de su final, en la que el protagonista termina delatando en un juicio a sus compañeros de correrías. El actor Ray Liotta, que interpreta a Hill, se levanta del estrado en el que le juzgan, ajeno a la escena del juicio, y desgrana con soltura un memorable monólogo disparado directamente al espectador que, en mi opinión, podría servir para cualquier broker de la City londinense o Wall Street que apuestan a lo grande que nos vamos a la mierda:



          <<Lo que más me costaba era dejar aquella vida. Me gustaba esa vida. Nos trataban como a estrellas de cine peligrosas. Teníamos todo solo con pedirlo. Y nuestras mujeres, madres, hijos: todos disfrutaban con lo que hacíamos. Tenía bolsas de papel llenas de joyas apiladas en la cocina. Tenía un azucarero lleno de coca junto a la cama. Podía tener todo lo que quería con una simple llamada de teléfono. Coches. Las llaves de una docena de apartamentos en toda la ciudad. Apostar 20.000 $ ó 30.000 $ en un fin de semana, y luego gastar las ganancias en una semana, o pedir prestado para pagar al corredor de apuestas. No importaba. Eso no significaba nada. Cuando no tenía un centavo en el bolsillo, iba y robaba más. Controlábamos todo. Untábamos a la pasma. Untábamos a abogados. Untábamos a los jueces. Todo el mundo ponía la mano. Y por ese motivo todo podía comprarse. Y ahora… Todo se acabó. Eso es lo más duro. Que hoy todo es distinto. No hay aliciente. Tengo que esperar como todo el mundo. Ni siquiera me mandan comida decente. Nada más llegar aquí pedí spaghetti con salsa marinera y me mandaron macarrones con Ketchup. Soy un don nadie. Y tengo que vivir el resto de mi vida como un gilipollas.>>



          Creo que esto es lo más parecido a justicia que se le puede aplicar a un amoral: condenarlo a llevar una vida de testigo protegido.









  

martes, 15 de mayo de 2012

Un oxímoron mental

          En 1901 el filósofo y matemático inglés Bertrand Rusell descubrió una contradicción en la teoría de conjuntos, al constatar una paradoja. En su reflexión advertía que hay conjuntos que forman un conjunto, que no pueden serlo si son parte del mismo.
          Una versión de la paradoja de Russell, también conocida como la paradoja del barbero, habla de un pueblo con un único barbero que, todos los días, afeita a los hombres que no se afeitan a sí mismos y a nadie más. Por tanto, ¿se afeita el barbero a sí mismo?
          El argumento parece exigir que el barbero se afeita a sí mismo si, y solo si, no se afeita a sí mismo.  





lunes, 14 de mayo de 2012

      <<Las ilusiones de la niñez son necesarias. No hay que negarle a un niño un globo, porque el adulto sepa que tarde o temprano estallará.>>
                                                Marcel Cox

Más allá de Banksy


       “Uno de los mejores momentos de nuestras intervenciones consiste en ver a los policías reír a carcajadas en lugar de correr a detenernos.”

          Luke Egan, integrante junto a Pete Hamilton de Filthy Luker.


domingo, 13 de mayo de 2012

Tocapelotas


          Que el sexo vende es una verdad tan manida en el mundo de la publicidad, que convierte cualquier producto susceptible de ser comprado, en una excusa para dirigirse a nuestros más bajos instintos. Así pues, si lo que se quiere es vender, por ejemplo, un Citroën Xsara, el mad men de turno piensa en la modelo Claudia Schiffer desnudándose mientras se acerca al coche.

          ¿La ropa infantil?: mejor vestida por niñas de 12 años posando provocativamente sensuales para el fotógrafo.

          Wow!

          Que se quiere lanzar una campaña contra el consumo del tabaco, nuestro mad men piensa entonces en usar una chica de cara inocente simulando una felación. ¿No es brillante? Alguien sugiere entonces que la ocurrencia podría ser tachada de sexista. Pues para evitarlo, además de una chica, se usa un chico, y arreglado. Pero, ¿qué tiene que ver una felación con encender un pitillo? 

 ¡Es publicidad, estúpido!

          Exacto.

          Y, de esta manera, llegamos a una idea más de un mad men llevada a la práctica: sacar de la pista de tenis a todos esos recogepelotas, a los que se les paga una mierda porque ya son felices estando cerca de sus ídolos del deporte, y viendo en primera línea los partidos, y sustituirlos por chicas guapas de pecho generoso. Seguro que para apoyar esta idea, nuestro simpático mad men utilizaría convincentes porcentajes. En la presentación diría algo así como: <<en las pruebas llevadas a cabo, se registró un aumento de la visión de los anuncios en un 85%.>> ¿Qué se puede decir en su contra?

          ¡Es publicidad, estúpido!




domingo, 6 de mayo de 2012

Crimen sin castigo


          Siempre he sentido una cercanía muy anglosajona hacia el crimen. Uno de mis films pendientes son los tres largos capítulos de Red Riding, trilogía de producción británica sobre asesinos en serie que marcó a la sociedad inglesa de finales del siglo XX. Pero esto no significa que sienta cercanía hacia la mente criminal de un psicópata, pues lo que realmente me atrae no es la mente de un perturbado asesino, sino aquella persona que en plenas facultades mentales busca en el asesinato una solución a sus problemas.

          En este sentido, la obra teatral La Huella (Sleuth), que Joseph L. Mankiewicz llevó a la gran pantalla en 1972, -importante no confundir con la versión de Kenneth Branagh de 2007-,  me fascinó desde el primer día que la vi siendo poco más que un niño.

          Así como uno no suele hablar abiertamente en público sobre sus gustos onanistas, tampoco lo hace de cómo sería el crimen perfecto. Y, no sé los demás, pero yo sí he fantaseado muy seriamente en cometer un asesinato en algunos momentos muy difíciles de mi vida.

          Hamlet, que era un puritano, decía: <<Soy medianamente bueno, y, con todo, de tales cosas podría acusarme, que más valiera que mi madre no me hubiera parido. Soy ambicioso, vengativo, con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para concebirlos, ideas para darles forma, o tiempo para llevarlos a ejecución>>. Bien, pues así como jamás he sentido simpatía por la asfixia masturbatoria, tampoco lo he hecho por el asesinato en serie de un perturbado sexual, o un ideólogo extremista como Anders Brevick. Pero fantasear con quitar de en medio a un desgraciado que afea tu vida…, sí, eso lo he hecho. Cierto que ya no lo hago desde que me he hecho más viejo, y he aprendido algunas cosas por el camino.

          Aunque, seamos claros, soy del todo consciente que ninguna organización criminal me querría como sicario. Sencillamente no doy el tipo. Nada que ver con Richard Kuklinski alias El Hombre de Hielo. Yo a su lado sería Cubito de Hielo.

          Es cierto que terminó llorando en una entrevista de la HBO que vi hace muchos años recordando un episodio de su vida criminal, pero no hay que llevarse a engaño, si dejó de ser sicario de la Mafia, fue porque le detuvo el FBI. <<El asesinato era vocacional>>, declaró en la entrevista.

          Hagamos memoria de su momento criminal más memorable: la eliminación de Carmine Galante.

          Carmine Galante, su nombre no le hacia justicia. Galante era en realidad una malabestia depredadora suelta por la sociedad como un tiburón de las finanzas colocado de cocaína.

          En la cárcel tenía los santos huevos de provocar a los presos negros en la cola del rancho sin atender a sus medidas, diciéndoles con su inglés de acento siciliano: <<¡Quítate de en medio, puto negro!>> Galante estaba jodido de la cabeza, pero era duro como las piedras, y, también algo inconsciente.

          Cuando salió de prisión, en otoño de 1974, en la Mafia no bailaron precisamente de alegría: intuían problemas. Muchos problemas. Pero Galante había mantenido la boca cerrada, a pesar de las presiones por parte de la policía para llegar a un acuerdo si confesaba, y eso le hacía merecedor de respeto entre los jefes de las familias.

          Galante, quinta esencia del maniaco violento, pronto se hizo con el liderazgo del clan Rastelli, poniéndolo a trabajar rápidamente en el tráfico de heroína a gran escala. Eso convirtió a la familia Rastelli en el principal interés del FBI, así como fue colmando la paciencia de los jefes del crimen organizado al liquidar a cualquiera que le hiciera competencia. En solo un año mató a nueve miembros de los Genovese. Carmine Galante no se convirtió en un problema más para la Mafia, sino en el problema a secas. Y llegó el día que las cuatro principales familias se reunieron en Boca Ratón, Florida, para discutir el modo de encontrar una solución. Aquella comisión del crimen tomó por vez primera la decisión de eliminar a un capo, un jefe de familia. Toda organización que aspire a tener futuro debe abrazar unos principios que la mantenga apartada del desgobierno, del reino sin rey, del simple caos de un mundo sin reglas. Por eso, decidir acabar con Galante era una decisión tan difícil de tomar, suponía una excepción peligrosa. Era verano de 1979.

          Pero, ¿quién iba a hacer el trabajo?

          No podía ser cualquier sicario.

          Y ahí fue cuando Richard Kuklinski apareció en la vida de Galante, solo para quitársela. El historial de Kuklinski era impresionante. Venía matando desde 1948, utilizando los métodos más variopintos, desde una pistola hasta una ballesta, desde cianuro a roedores. Era un maestro en eso de hacer que la gente no estorbara. Luego iba a su casa y disfrutaba de una confortable vida en familia y amigos. No todo era trabajar.

          Kuklinski tenía algo muy interesante para la Mafia, su origen polaco. Eso le podía acercar mucho a Galante sin ponerlo en guardia. ¿Qué iba a hacer un polaco en un asunto entre italianos?

          El lugar elegido para dar rienda suelta a lo decidido en Boca Ratón fue el restaurante Knickerbocker de Brooklyn. Uno de los guardaespaldas de Galante accedió a participar en el atentado, entendiendo que no hacerlo era una mala idea. El ambiente familiar del restaurante de Joe y Mary, esta última prima de Galante, donde se servía auténtica comida siciliana, no era únicamente una delicia gustativa para Galante. La distribución del local era ideal para dominar el lugar entero sin que alguien te vuele la cabeza mientras sorbes los espaguetis. O eso creía. Porque si de algo era consciente Galante, era la abundancia de gente con ganas de ver su cerebro fuera de su quijada.

          El Knickerbocker era un restaurante estrecho que llevaba a una terraza, desde donde se podía tener controlada la única puerta a la calle; y era ahí donde Galante se sentaba a comer. A Kuklinski le pareció meterse en una ratonera, pero aceptó el plan de Roy DeMeo, el lugarteniente de la familia Gambino que contrataba sus servicios. Cuando Galante entró con sus guardaespaldas, saludó y caminó hacia la terraza pasando por delante de un fornido tipo que leía el Daily News almorzando un bocadillo de albóndigas. Kuklinski tiró con disimulo el periódico al suelo, y al ir a recogerlo inspeccionó la posición que ocupaba Galante. Seguidamente continuó comiendo tranquilo. Entonces vio salir a Caesar Bonventre, el guardaespaldas que iba a traicionar a Galante, lo que significaba una señal para entrar en acción. Era el momento.

          Galante oyó abrirse la puerta de la terraza, pero no era Bonventre, sino el polaco del bocata y el periódico, con una mirada que le hizo estremecerse. No le dio tiempo a ponerse en pie: en cuestión de segundos Kuklinski vació los cargadores de las dos 357 con las que encañonó a Galante y su guardaespaldas Coppola. A continuación salió de allí cruzándose con un escuadrón que acababa de irrumpir en el local para no dejar cabos sueltos. Uno de ellos portaba una escopeta. El ruido de los disparos dejó zumbando los oídos de Kuklinski, quien antes de salir se hizo con el periódico que leía. Fuera, en la calle, le esperaba DeMeo con su coche en marcha.

          -¿Cómo ha ido?

          -Como un puto reloj, joder.

          -Eres el mejor.

          Y, en lo suyo, no dejaba de ser verdad.  






sábado, 5 de mayo de 2012

Llamada a la paz


            Un día como hoy de 1917, el papa Benedicto XV logró que el Vaticano tuviera una actitud mucho más digna que su vergonzoso papel en la Segunda Guerra Mundial, pues exhortó a detener la contienda en su encíclica Dès le Début, después de intentarlo por medio de su servicio diplomático.

            La escala de la matanza desafía la capacidad humana de imaginar lo espantoso de aquellos años de guerra total entre las naciones más industrializadas del planeta.

            La I Guerra Mundial, la Gran Guerra, terminó en noviembre de 1918, hace ya casi un siglo: pero los dos últimos veteranos británicos murieron hace solo unos años, y cada año se recogen todavía, en los antiguos campos de batalla de Francia y de Bélgica, más de doscientas toneladas de material de guerra. En 2005 se excavaron 250 nuevos cadáveres de soldados británicos y neozelandeses. Brigadas especiales siguen recorriendo los campos en busca de los muchos miles de minas y de bombas que siguen sin explotar desde hace casi cien años. En 1991, durante las excavaciones para un tendido de ferrocarril de alta velocidad, murieron 36 trabajadores por explosiones de bombas de la guerra. En 2005, tan solo en la zona de la batalla del Somme, los equipos franceses desactivaron 50 toneladas de explosivos. Los tractores de los campesinos siguen llevando blindajes delanteros por el peligro de las explosiones. En cuanto cavan un poco más hondo sus cuchillas alcanzan un estrato geológico inagotable de cascos de guerra, fusiles, fragmentos de esqueletos, botas, cantimploras, mochilas, casquillos de balas, relojes, platos abollados de latón, hebillas de cinturones. Cuatrocientos cementerios de cruces blancas idénticas puntean los campos del Somme, en los que cayeron muertos o heridos 57.000 soldados y oficiales británicos antes del anochecer del primer día de la batalla, el primero de julio de 1916; 125.000 habían muerto a principios del otoño, cuando el barro y la lluvia forzaron a paralizar las operaciones. Llovía tanto en aquellos campos de Flandes que muchos miles de soldados murieron ahogados en el barro. Uno de ellos, llegado de India, escribió a su familia: "Esto no es la guerra. Esto es el fin del mundo".

          Entre 8,5 y 10 millones de soldados murieron en los frentes; hombres muy jóvenes sobre todo: la mitad de los varones franceses entre 20 y 32 años; más de la tercera parte de los alemanes; 6 de cada 20 británicos. Hubo entre 12 y 13 millones de víctimas civiles. Y la gripe que empezó en un campamento militar americano en los primeros meses de 1918 mató a 50 millones de personas. Hubo 21 millones de heridos, muchos de ellos trastornados mentales que siguieron llevando vidas oscuras de sufrimiento en manicomios. En Inglaterra la asociación de veteranos con las caras desfiguradas por heridas de guerra tenía en 1919 41.000 miembros. En 1918 el 70% del producto nacional bruto de Gran Bretaña se dedicó a gastos militares. En Berlín había tanta hambre que cuando un caballo de tiro caía muerto en la calle una multitud de mujeres se congregaba en torno a él y lo despedazaba con tijeras o cuchillos hasta que no quedaba más que el esqueleto. Con las ropas y las caras ensangrentadas las mujeres huían llevando pedazos de carne cruda en las manos. "¡Matad alemanes, matadlos!", clamaba el obispo anglicano de Londres en un sermón publicado en 1915, "no por el gusto de matar, sino para salvar al mundo... Matad a los buenos y matad a los malos, a los viejos igual que a los jóvenes, a los crueles y a los que muestren compasión".

          Por muchas veces que se cuente aquel horror sigue sobrecogiendo. Pero quizás sobrecoge todavía más la inconsciencia humana que dio lugar a tanta destrucción, y el entusiasmo casi unánime con que fue recibido en agosto de 1914 el advenimiento de la guerra. Muchas de las más lúcidas inteligencias de la época la saludaron como una ocasión gloriosa: Thomas Mann, Sigmund Freud, incluso Stefan Zweig. En el mundo de habla alemana la única excepción luminosa fue Albert Einstein. Y había que tener mucho valor para hacerlo.

       Los datos de este post los he recogido de un sobresaliente artículo de Antonio Muñoz Molina, pero si se quiere indagar en aquella contienda, recomiendo visitar las páginas del cómic ¡Puta Guerra!, de Tardi y Verney, ilustrador y guionista respectivamente, por su enorme talento artístico.

       Soberbia unión de dos talentos.

Metafísica


            “Si las veladas dominicales fueran prolongadas durante meses, ¿qué se haría de la humanidad, emancipada del sudor, libre del peso de la primera maldición? (…) Es más que probable que el crimen llegase a ser la única diversión, que el desenfreno pareciese candor, el aullido melodía y la mofa ternura. La sensación de inmensidad del tiempo haría de cada segundo un intolerable suplicio, un pelotón de ejecución capital. En los corazones más llenos de poesía se instalarían un canibalismo estragado y una tristeza de hiena.”
               
                                   Emile Cioran                    

miércoles, 2 de mayo de 2012

La realidad es un juego de espejos deformantes


          La realidad es cínica, por eso hace que suceda aquello que nos resultaba impredecible. Constantemente decimos cosas del tipo “¡algo así jamás podría pasar!”, o “¡eso es así, y punto!”. Pero la edad te va haciendo precavido con ese tipo de sentencias. Uno descubre que las carga el diablo, y entonces entiendes el inmenso y majestuoso poder del silencio.

         
Charles Chaplin participó en San Francisco en un concurso de imitadores de Charlot en 1913. Ni siquiera llegó a la final. El jurado le consideró uno de los participantes con menos talento. El ganador fue un tal Milton Berle, que llegaría a ser un importante actor.

          Lo gracioso es que, Berle era mucho más auténtico para el jurado imitando a Charlot que el propio Charles Chaplin siéndolo.                             

          En The best man, película de 1964, que relataba la carrera entre dos políticos por hacerse con la presidencia, contaba con los actores Henry Fonda y Cliff Robertson. Sin embargo este último a punto estuvo de caerse del reparto por culpa de un actor llamado Ronald Reagan. Cuando se les preguntó a los productores por qué habían escogido a Robertson en lugar de al que luego llego a ser presidente de los Estados Unidos, estos contestaron: "porque no tenía perfil presidenciable".


          Cojonudo, ¿no?



domingo, 29 de abril de 2012

Tautología

   <<Los problemas que tenemos no pueden ser resueltos en el mismo nivel de pensamiento que los ha creado>>.
                                    Albert Einstein

viernes, 27 de abril de 2012

Algo Para Pensar


       El novelista israelí Sammy Michael tuvo una vez la experiencia de ir en taxi durante largo rato por la ciudad, con un conductor que le iba dando la típica conferencia sobre lo importante que es para los judíos matar a todos los árabes. Sammy le escuchaba y, en lugar de gritarle: “¡Qué hombre tan terrible es usted!” ¿Es usted nazi o fascista?”, decidió tomárselo de otra forma y le preguntó: “¿Y quién cree usted que debería matar a todos los árabes?”. El taxista dijo: “¿Qué quiere decir? ¡Nosotros! ¡Los judíos israelíes! ¡Debemos hacerlo! No hay otra elección. ¡Y si no mire lo que nos están haciendo todos los días!”. “¿Pero quién piensa usted exactamente que debería llevar a cabo el trabajo? ¿La policía? ¿O tal vez el ejército? ¿El cuerpo de bomberos o equipos médicos? ¿Quién debería hacer el trabajo?” El taxista se rascó la cabeza y dijo: “Pienso que deberíamos dividirlo a partes iguales entre cada uno de nosotros, cada uno de nosotros debería matar a algunos”. Y Sammy Michael, todavía con el mismo juego, dijo: “De acuerdo. Suponga que a usted le toca cierto barrio residencial de su ciudad natal en Haifa y llama usted a cada puerta o toca el timbre y dice: “Disculpe, señor, o disculpe, señora. ¿No será usted árabe por casualidad?”. Y si la respuesta es afirmativa le dispara. Luego termina con su barrio y se dispone a irse a casa, pero al hacerlo -dijo Sammy al taxista- oye en alguna parte del cuarto piso del bloque llorar a un recién nacido. ¿Volvería para disparar al recién nacido? ¿Sí o no?” Se produjo un momento de silencio y el taxista le dijo a Sammy: “Sabe, es usted un hombre muy cruel”.

       Hay algo en la naturaleza del fanático que es esencialmente sentimental y al mismo tiempo carente de imaginación.        


jueves, 26 de abril de 2012

El último acto


            Veo la fotografía del rey Juan Carlos I frente al elefante abatido en un safari en Botsuana, en la semana más problemática para la economía española, en la peor crisis que se recuerda desde 1929, y recuerdo las palabras del genial fotógrafo neoyorquino Peter Beard, paradigma del hombre-frontera, que retrató el África de los años sesenta como ya nunca se podrá hacer porque, entre otras razones, las nieves del Kilimanjaro dejaron de existir. Beard no cree que la humanidad tenga futuro. Cuando la periodista le preguntó sobre las causas de su pesimismo, respondió: “Soy extremadamente realista. Nos pasará como en la película El Planeta de los Simios. Y ya lo dijo Orwell. Pronto no quedará nada. Quizá no desaparezcamos, pero viviremos como cucarachas”.

            Es imposible obviar tanto augurio de apocalipsis cuando quienes lo vaticinan son personas como el propio Beard. Lo cierto es que el miedo parece estar calando en nuestras conciencias. Se extiende como una mancha de aceite sobre la tela del Viejo Continente. Los partidos políticos más extremistas, con mensajes inspirados en la ultraderecha, son cada vez más populares: claro indicio de un miedo general latente. Ya hemos pasado por esto antes.

            La Historia está llena de civilizaciones truncadas. De gente que asistió al final del mundo tal y como lo conocían. Los aztecas que vivieron la llegada al Yucatán de Hernán Cortés y sus hombres, vieron derrumbarse en apenas tres años lo terrenal y lo divino. Fue la muerte de todo cuanto creían.


En Europa, en el siglo XIV, se pensó firmemente que el final de la humanidad había llegado cuando la gente comenzó a enfermar y morir a miles. La bacteria de la peste acabó con la vida, en tan sólo cuatro años, de 20 millones de personas en un continente habitado entonces por 80 millones. Las ratas que propagaron la llamada peste negra, llegaron en barcos de comerciantes genoveses procedentes de Oriente. Las pulgas que se alojaban en el pelaje de los roedores, saltaban a los humanos después de infectar a la rata. Su picadura suponía la muerte entre un 40 y un 90 por cien de los casos. Pero hicieron falta 400 años para descubrir al causante.

            Y así, aldeas y ciudades enfermaban y morían bajo un miedo de incomprensión hoy en día inimaginable. Los campos quedaban a merced de los pájaros y la maleza. Los señores feudales que no caían víctimas, se veían sin vasallos sobre los que ejercer su poder. Por todos lados aparecían iluminados anunciando que Dios estaba castigando tanto pecado. Se organizaron procesiones por todo el Continente, cuyos miembros decían sermones, llevaban cruces y se flagelaban a sí mismos. Llegaron a tener 10.000 seguidores. El entonces papa Clemente VI prohibió estos movimientos temiendo su poder creciente en el año 1349.

            La multitud, azuzada por el pánico, buscó culpables, y los encontraron en los judíos. Se los acusó de envenenar pozos y fuentes por toda la cristiandad. Además, eran infieles, y los asesinos de Cristo. Y así, desatada la peor de las bestias humanas: el miedo, en enero de 1348, en la ciudad de Basilea fueron quemados en la hoguera 600 judíos. Matanzas similares se produjeron en Zurich, Chillon, Barcelona, Cervera… El papa Clemente VI, desde Avignon, que era la sede pontificia en aquella época, emitió una bula que exculpaba a los judíos de provocar la peste, dando la sencilla razón de ser ellos también víctimas de la enfermedad. Pero su edicto no detuvo a las masas, y el Día de san Valentín, en la ciudad de Estrasburgo, se quemó a 900 judíos. Así fue como desaparecieron más de 200 comunidades hebreas en toda Europa.


Nunca antes, el Viejo Continente sufrió una mortandad comparable.


Una ausencia de Dios comparable.


Un pánico comparable.

         

          Los minuti, los vulgares de las urbes que no podían huir como lo hacían los potentados, tomaban el gobierno que quedaba vacío, para descubrir que no lo hacían peor que quienes habían gobernado hasta aquel momento. La conciencia de una muerte probable, hizo a muchos vasallos ser exigentes ante los señores para mejorar las condiciones de sus vidas. Hubo revueltas campesinas por doquier. En Inglaterra, en el 1381, los insurrectos llegaron a sitiar la Torre de Londres y matar al arzobispo de Canterbury.

          Era el mundo al revés.


El ser humano desnudo ante la muerte. Sin títulos ni armaduras.
Cuando la peste empezó a remitir, ya nada era igual que antes. Ciertamente no acabó el feudalismo, pero quedó en evidencia la fragilidad del sistema que regía la vida terrenal. La evidencia de que la peste no había respetado a nadie, ni a mendigos ni a príncipes, quedó grabado en la conciencia de las gentes. Surgió un boom creativo muy popular que ensalzaba la muerte. Se impulsó la escritura de las conocidas como “danzas macabras”. La dama negra se volvió musa de artistas, que la representaban con un mensaje claro: memento mori, recuerda que morirás.

            Quizá estamos recuperando partes de ese pasado conservado en nuestro subconsciente.

            Las noticias de una crisis económica interminable, un mundo al que se le acaba el petróleo o un cambio climático apocalíptico despierta nuestro atávico fatalismo.


Pero, ¿a quién quemaremos esta vez? ¿A los inmigrantes?




domingo, 8 de abril de 2012

La revuelta de Stonewall


       Después de ver un par de películas duras como la vida misma, tenía ganas de relajarme un poco. Y entonces llegó Brüno, del actor británico Sacha Baron Cohen, colocándose en la piel de un gay austriaco cuyo único objetivo en la vida es convertirse en famoso (“¡quiero ser la mayor megaestrella austríaca desde Adolf Hitler!”). La película es alocada, como el personaje. Con momentos brillantes, y otros muy flojos, Brüno va encadenando una sucesión de escenas hilarantes que, aunque no termines por creer su supuesta autenticidad, es casi imposible evitar la risa nerviosa que te producen las provocaciones del personaje.

       Brüno, antes que gay, es extremadamente frívolo, intelectualmente estúpido y carente de talento. Es el arquetipo gay de un homófobo, con el que ningún homosexual puede sentir simpatía. Ahí está precisamente el desparpajo de la película de Cohen, la de incomodar a todo el mundo, sacando los colores a galgos y podencos.

       Pero, aparcando a Brüno, merece la pena tener presente la lucha llevada a cabo por los derechos civiles de gays y lesbianas. El mundo está todavía muy lejos de aceptar la libertad sexual como un derecho fundamental de cualquier ciudadano. Uganda, por ejemplo, está elaborando una ley donde es muy posible que la homosexualidad quede registrada como un delito perseguido con la pena de muerte.

       Cuando miro la historia siempre siento debilidad por las revoluciones sociales, como la revuelta de Stonewall.

       En los Estados Unidos de los sesenta, la llamada Tierra de la Libertad, la población negra tenía un largo camino que recorrer en su lucha por la igualdad, y, lo mismo ocurría para gays y lesbianas. Existía una especie de cansancio colectivo que daba señales de estar a punto de reventar en una algarabía popular, pero el conservadurismo general procuraba silenciarlo con sus habituales linchamientos, redadas y encarcelamientos.

       El subinspector Seymour Pine, veterano de la Segunda Guerra Mundial, de la División de Moralidad Pública de la Policía de Nueva York, no podía imaginar lo que le esperaba en el bar Stonewall Inn cuando puso en marcha su operación de efectuar una redada en el local el 27 de junio de 1969, un viernes noche.

       Stonewall era un antro para homosexuales en el Village propiedad del mafioso Tony el Gordo. Su negocio era una mina de oro. Pagaba 300$ mensuales de alquiler por un local que le reportaba una ganancia en una noche de fin de semana de entre 3000$ y 4.500$, sin invertir lo más mínimo en procurar las más elementales condiciones de higiene. No había agua corriente, por lo que los vasos usados se enjuagaban en un par de cubos que terminaban con el agua más turbia que las aguas del Ganges. Lo que realmente le costaba dinero a Tony era mantener a la policía alejada de allí. Para eso debía soltar en sobornos de 1.200$ a 2000$. Pero el negocio lo merecía.

       Tanto los camareros como los porteros ojeaban a los clientes para señalar a los ricos y hacerles un seguimiento. Obteniendo unas fotografías comprometedoras, se podía obtener unos pingües beneficios extras haciendo chantaje. Hay que pensar que nada más entrar en Stonewall se podían estar infringiendo varias leyes, como por ejemplo la que prohibía servir alcohol a los homosexuales, o vestir tres prendas que “no correspondieran a su sexo”.

       Pine no avisó de su intención de intervenir el Stonewall al Sexto Precinto, por lo que nadie advirtió a Tony el Gordo para que se preparase. Quería que aquello fuera lo más efectivo posible. Buscaba desarticular la extorsión de la que estaban siendo víctimas una serie de ejecutivos de Wall Street. Así que primero envió a dos mujeres policía para recabar información. Aquellas mujeres eran muy necesarias para detener a los travestis, ya que por ley solo ellas podían averiguar la identidad de quienes alegaran ser féminas o transexuales. Éstos no podían ser detenidos por vestir de mujer si se habían operado, aunque en realidad era una manera más de humillación.

       Como parecía que a las mujeres policía se les había tragado la tierra, Pine nervioso por ejecutar la operación, dio orden de intervenir. Acompañado de siete hombres, entró de forma aguerrida en el local. Le asombró que en lugar de provocar sorpresa y miedo, la respuesta de la gente fuera una actitud retadora, produciéndose una calma tensa que paralizó por un instante la operación. No esperaba algo así. Después de titubear un poco, Pine reaccionó y empezó a aislar a los que pretendía detener, permitiendo marchar al resto. Pero éstos, en lugar de irse bien lejos de allí, se unieron al grupo de personas que se estaban congregando a la salida del local.

       Según fueron sacando a los arrestados con las manos esposadas, los policías fueron comprendiendo que la situación se les estaba yendo de las manos. Era una noche muy calurosa de un viernes, el local estaba abarrotado de gente que había bebido, entre otros consumos, y el Village estaba habitado por muchos homosexuales que decidieron acercarse al lugar.

       No se sabe bien cuál fue la chispa que incendió la calle, si el travesti que golpeó con un bolso al policía que le llevaba al furgón policial, o la lesbiana que al ser zarandeada gritó a la gente: <<¿es que no vais a hacer nada, tíos?>> Y entonces empezaron a llover sobre los policías de Pine una granizada de centavos. Seguidamente fueron latas y botellas. Y, finalmente, mierda de perro. Alguien arrojó un adoquín al furgón de la policía y, animados por el atrevimiento, le siguieron cubos de basura. Seymour Pine, asustado por la violencia de la turba, ordenó atrincherarse en el interior del local, al tiempo que las ruedas del furgón eran rajadas, y sus puertas abiertas para liberar a los detenidos.

       Dentro del local, una de las mujeres policía encontró la forma de escapar al tejado escurriéndose por una ventana en el techo, mientras Pine y los demás agentes creyeron encontrar un arma contra la gente de la calle al descubrir una manguera antiincendios. La extendieron y colocaron la boca apuntando al exterior a través de una rendija. Cuando Pine ordenó girar la llave de paso, vieron con horror que de la manguera solo escapó un ridículo chorrito de agua estancada, que en la calle celebraron con risas. El tumulto formado frente al Stonewall parecía estar de fiesta. Había una sensación general de estar ajustando cuentas con la policía de Nueva York aterrorizando a los agentes de Pine. Los más osados arrancaron parquímetros y los usaron de ariete contra la puerta y ventanas, por donde colaban débiles llamaras azules con botes de gas al que acercaban un mechero, que provocaban el pánico de los sitiados. Pine y los agentes tenían sus armas a punto para comenzar a disparar si la turba conseguía entrar. En su declaración, Pine aseguró que nunca sintió tanto miedo como soldado combatiendo en Europa, y eso teniendo en cuenta que al ser judío los alemanes no le darían el mismo trato que a sus camaradas de armas.

       Cuando por fin llegaron los antidisturbios, estos encontraron una masa de al menos un millar de personas que no tenía ninguna intención de despejar la calle. Los travestis comenzaron a cantar a las desconcertadas fuerzas del orden: <<¡Somos las chicas de Stonewall… !>>

       La calma llegó al amanecer, pero lo ocurrido tuvo tanta repercusión, en parte gracias a la crónica del reportero Howard Smith, que el sábado noche la calle volvió a convertirse en una multitud desafiante de lesbianas, travestis y chaperos, uniéndose a ella oficinistas y homosexuales de perfil bajo, deseosos de confirmar por sí mismos las historias que corrían por toda la ciudad. El Village se inundó de gente dispuesta a cortar el tráfico, agredir a las fuerzas del orden y hacerse con el control de la calle al grito de un eslogan inaudito: ¡Gay power!

       El poeta beat Allan Ginsberg, abiertamente homosexual, reaccionó con entusiasmo: <<Somos una de las minorías más grandes del país, como el 10 por ciento. Ya era hora de que hiciéramos algo para avanzar>>. Había nacido el orgullo gay, y desde entonces ha sido recordado cada junio del modo más abiertamente festivo imaginable.