Siempre he sentido una cercanía muy
anglosajona hacia el crimen. Uno de mis films pendientes son los tres largos
capítulos de Red Riding, trilogía de producción británica sobre asesinos en
serie que marcó a la sociedad inglesa de finales del siglo XX. Pero esto no
significa que sienta cercanía hacia la mente criminal de un psicópata, pues lo
que realmente me atrae no es la mente de un perturbado asesino, sino aquella
persona que en plenas facultades mentales busca en el asesinato una solución a
sus problemas.
En este sentido, la obra teatral La Huella (Sleuth), que Joseph L.
Mankiewicz llevó a la gran pantalla en 1972, -importante no confundir con la
versión de Kenneth Branagh de 2007-, me
fascinó desde el primer día que la vi siendo poco más que un niño.
Así como uno no suele hablar
abiertamente en público sobre sus gustos onanistas, tampoco lo hace de cómo sería
el crimen perfecto. Y, no sé los demás, pero yo sí he fantaseado muy seriamente
en cometer un asesinato en algunos momentos muy difíciles de mi vida.
Hamlet, que era un puritano, decía:
<<Soy medianamente bueno, y, con todo, de tales cosas podría acusarme,
que más valiera que mi madre no me hubiera parido. Soy ambicioso, vengativo,
con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para concebirlos, ideas para
darles forma, o tiempo para llevarlos a ejecución>>. Bien, pues así como
jamás he sentido simpatía por la asfixia masturbatoria, tampoco lo he hecho por
el asesinato en serie de un perturbado sexual, o un ideólogo extremista como
Anders Brevick. Pero fantasear con quitar de en medio a un desgraciado que afea
tu vida…, sí, eso lo he hecho. Cierto que ya no lo hago desde que me he hecho
más viejo, y he aprendido algunas cosas por el camino.
Aunque, seamos claros, soy del todo
consciente que ninguna organización criminal me querría como sicario.
Sencillamente no doy el tipo. Nada que ver con Richard Kuklinski alias El Hombre de Hielo. Yo a su lado sería Cubito de Hielo.
Es cierto que terminó llorando en una
entrevista de la HBO que vi hace muchos años recordando un episodio de su vida criminal,
pero no hay que llevarse a engaño, si dejó de ser sicario de la Mafia, fue
porque le detuvo el FBI. <<El asesinato era vocacional>>, declaró
en la entrevista.
Hagamos memoria de su momento criminal
más memorable: la eliminación de Carmine Galante.
Carmine Galante, su nombre no le hacia
justicia. Galante era en realidad una malabestia depredadora suelta por la
sociedad como un tiburón de las finanzas colocado de cocaína.
En la cárcel tenía los santos huevos de
provocar a los presos negros en la cola del rancho sin atender a sus medidas,
diciéndoles con su inglés de acento siciliano: <<¡Quítate de en medio,
puto negro!>> Galante estaba jodido de la cabeza, pero era duro como las
piedras, y, también algo inconsciente.
Cuando salió de prisión, en otoño de
1974, en la Mafia no bailaron precisamente de alegría: intuían problemas.
Muchos problemas. Pero Galante había mantenido la boca cerrada, a pesar de las
presiones por parte de la policía para llegar a un acuerdo si confesaba, y eso
le hacía merecedor de respeto entre los jefes de las familias.
Galante, quinta esencia del maniaco
violento, pronto se hizo con el liderazgo del clan Rastelli, poniéndolo a
trabajar rápidamente en el tráfico de heroína a gran escala. Eso convirtió a la
familia Rastelli en el principal interés del FBI, así como fue colmando la
paciencia de los jefes del crimen organizado al liquidar a cualquiera que le
hiciera competencia. En solo un año mató a nueve miembros de los Genovese.
Carmine Galante no se convirtió en un problema más para la Mafia, sino en el
problema a secas. Y llegó el día que las cuatro principales familias se
reunieron en Boca Ratón, Florida, para discutir el modo de encontrar una
solución. Aquella comisión del crimen tomó por vez primera la decisión de
eliminar a un capo, un jefe de
familia. Toda organización que aspire a tener futuro debe abrazar unos
principios que la mantenga apartada del desgobierno, del reino sin rey, del
simple caos de un mundo sin reglas. Por eso, decidir acabar con Galante era una
decisión tan difícil de tomar, suponía una excepción peligrosa. Era verano de
1979.
Pero, ¿quién iba a hacer el trabajo?
No podía ser cualquier sicario.
Y ahí fue cuando Richard Kuklinski
apareció en la vida de Galante, solo para quitársela. El historial de Kuklinski
era impresionante. Venía matando desde 1948, utilizando los métodos más
variopintos, desde una pistola hasta una ballesta, desde cianuro a roedores.
Era un maestro en eso de hacer que la gente no estorbara. Luego iba a su casa y
disfrutaba de una confortable vida en familia y amigos. No todo era trabajar.
Kuklinski tenía algo muy interesante
para la Mafia, su origen polaco. Eso le podía acercar mucho a Galante sin
ponerlo en guardia. ¿Qué iba a hacer un polaco en un asunto entre italianos?
El lugar elegido para dar rienda
suelta a lo decidido en Boca Ratón fue el restaurante Knickerbocker de
Brooklyn. Uno de los guardaespaldas de Galante accedió a participar en el
atentado, entendiendo que no hacerlo era una mala idea. El ambiente familiar
del restaurante de Joe y Mary, esta última prima de Galante, donde se servía
auténtica comida siciliana, no era únicamente una delicia gustativa para
Galante. La distribución del local era ideal para dominar el lugar entero sin
que alguien te vuele la cabeza mientras sorbes los espaguetis. O eso creía.
Porque si de algo era consciente Galante, era la abundancia de gente con ganas
de ver su cerebro fuera de su quijada.
El Knickerbocker era un restaurante
estrecho que llevaba a una terraza, desde donde se podía tener controlada la
única puerta a la calle; y era ahí donde Galante se sentaba a comer. A
Kuklinski le pareció meterse en una ratonera, pero aceptó el plan de Roy DeMeo,
el lugarteniente de la familia Gambino que contrataba sus servicios. Cuando
Galante entró con sus guardaespaldas, saludó y caminó hacia la terraza pasando
por delante de un fornido tipo que leía el Daily
News almorzando un bocadillo de albóndigas. Kuklinski tiró con disimulo el
periódico al suelo, y al ir a recogerlo inspeccionó la posición que ocupaba
Galante. Seguidamente continuó comiendo tranquilo. Entonces vio salir a Caesar
Bonventre, el guardaespaldas que iba a traicionar a Galante, lo que significaba
una señal para entrar en acción. Era el momento.
Galante oyó abrirse la puerta de la
terraza, pero no era Bonventre, sino el polaco del bocata y el periódico, con
una mirada que le hizo estremecerse. No le dio tiempo a ponerse en pie: en
cuestión de segundos Kuklinski vació los cargadores de las dos 357 con las que
encañonó a Galante y su guardaespaldas Coppola. A continuación salió de allí
cruzándose con un escuadrón que acababa de irrumpir en el local para no dejar
cabos sueltos. Uno de ellos portaba una escopeta. El ruido de los disparos dejó
zumbando los oídos de Kuklinski, quien antes de salir se hizo con el periódico
que leía. Fuera, en la calle, le esperaba DeMeo con su coche en marcha.
-¿Cómo ha ido?
-Como un puto reloj, joder.
-Eres el mejor.
Y, en lo suyo, no dejaba de ser
verdad.

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