domingo, 6 de mayo de 2012

Crimen sin castigo


          Siempre he sentido una cercanía muy anglosajona hacia el crimen. Uno de mis films pendientes son los tres largos capítulos de Red Riding, trilogía de producción británica sobre asesinos en serie que marcó a la sociedad inglesa de finales del siglo XX. Pero esto no significa que sienta cercanía hacia la mente criminal de un psicópata, pues lo que realmente me atrae no es la mente de un perturbado asesino, sino aquella persona que en plenas facultades mentales busca en el asesinato una solución a sus problemas.

          En este sentido, la obra teatral La Huella (Sleuth), que Joseph L. Mankiewicz llevó a la gran pantalla en 1972, -importante no confundir con la versión de Kenneth Branagh de 2007-,  me fascinó desde el primer día que la vi siendo poco más que un niño.

          Así como uno no suele hablar abiertamente en público sobre sus gustos onanistas, tampoco lo hace de cómo sería el crimen perfecto. Y, no sé los demás, pero yo sí he fantaseado muy seriamente en cometer un asesinato en algunos momentos muy difíciles de mi vida.

          Hamlet, que era un puritano, decía: <<Soy medianamente bueno, y, con todo, de tales cosas podría acusarme, que más valiera que mi madre no me hubiera parido. Soy ambicioso, vengativo, con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para concebirlos, ideas para darles forma, o tiempo para llevarlos a ejecución>>. Bien, pues así como jamás he sentido simpatía por la asfixia masturbatoria, tampoco lo he hecho por el asesinato en serie de un perturbado sexual, o un ideólogo extremista como Anders Brevick. Pero fantasear con quitar de en medio a un desgraciado que afea tu vida…, sí, eso lo he hecho. Cierto que ya no lo hago desde que me he hecho más viejo, y he aprendido algunas cosas por el camino.

          Aunque, seamos claros, soy del todo consciente que ninguna organización criminal me querría como sicario. Sencillamente no doy el tipo. Nada que ver con Richard Kuklinski alias El Hombre de Hielo. Yo a su lado sería Cubito de Hielo.

          Es cierto que terminó llorando en una entrevista de la HBO que vi hace muchos años recordando un episodio de su vida criminal, pero no hay que llevarse a engaño, si dejó de ser sicario de la Mafia, fue porque le detuvo el FBI. <<El asesinato era vocacional>>, declaró en la entrevista.

          Hagamos memoria de su momento criminal más memorable: la eliminación de Carmine Galante.

          Carmine Galante, su nombre no le hacia justicia. Galante era en realidad una malabestia depredadora suelta por la sociedad como un tiburón de las finanzas colocado de cocaína.

          En la cárcel tenía los santos huevos de provocar a los presos negros en la cola del rancho sin atender a sus medidas, diciéndoles con su inglés de acento siciliano: <<¡Quítate de en medio, puto negro!>> Galante estaba jodido de la cabeza, pero era duro como las piedras, y, también algo inconsciente.

          Cuando salió de prisión, en otoño de 1974, en la Mafia no bailaron precisamente de alegría: intuían problemas. Muchos problemas. Pero Galante había mantenido la boca cerrada, a pesar de las presiones por parte de la policía para llegar a un acuerdo si confesaba, y eso le hacía merecedor de respeto entre los jefes de las familias.

          Galante, quinta esencia del maniaco violento, pronto se hizo con el liderazgo del clan Rastelli, poniéndolo a trabajar rápidamente en el tráfico de heroína a gran escala. Eso convirtió a la familia Rastelli en el principal interés del FBI, así como fue colmando la paciencia de los jefes del crimen organizado al liquidar a cualquiera que le hiciera competencia. En solo un año mató a nueve miembros de los Genovese. Carmine Galante no se convirtió en un problema más para la Mafia, sino en el problema a secas. Y llegó el día que las cuatro principales familias se reunieron en Boca Ratón, Florida, para discutir el modo de encontrar una solución. Aquella comisión del crimen tomó por vez primera la decisión de eliminar a un capo, un jefe de familia. Toda organización que aspire a tener futuro debe abrazar unos principios que la mantenga apartada del desgobierno, del reino sin rey, del simple caos de un mundo sin reglas. Por eso, decidir acabar con Galante era una decisión tan difícil de tomar, suponía una excepción peligrosa. Era verano de 1979.

          Pero, ¿quién iba a hacer el trabajo?

          No podía ser cualquier sicario.

          Y ahí fue cuando Richard Kuklinski apareció en la vida de Galante, solo para quitársela. El historial de Kuklinski era impresionante. Venía matando desde 1948, utilizando los métodos más variopintos, desde una pistola hasta una ballesta, desde cianuro a roedores. Era un maestro en eso de hacer que la gente no estorbara. Luego iba a su casa y disfrutaba de una confortable vida en familia y amigos. No todo era trabajar.

          Kuklinski tenía algo muy interesante para la Mafia, su origen polaco. Eso le podía acercar mucho a Galante sin ponerlo en guardia. ¿Qué iba a hacer un polaco en un asunto entre italianos?

          El lugar elegido para dar rienda suelta a lo decidido en Boca Ratón fue el restaurante Knickerbocker de Brooklyn. Uno de los guardaespaldas de Galante accedió a participar en el atentado, entendiendo que no hacerlo era una mala idea. El ambiente familiar del restaurante de Joe y Mary, esta última prima de Galante, donde se servía auténtica comida siciliana, no era únicamente una delicia gustativa para Galante. La distribución del local era ideal para dominar el lugar entero sin que alguien te vuele la cabeza mientras sorbes los espaguetis. O eso creía. Porque si de algo era consciente Galante, era la abundancia de gente con ganas de ver su cerebro fuera de su quijada.

          El Knickerbocker era un restaurante estrecho que llevaba a una terraza, desde donde se podía tener controlada la única puerta a la calle; y era ahí donde Galante se sentaba a comer. A Kuklinski le pareció meterse en una ratonera, pero aceptó el plan de Roy DeMeo, el lugarteniente de la familia Gambino que contrataba sus servicios. Cuando Galante entró con sus guardaespaldas, saludó y caminó hacia la terraza pasando por delante de un fornido tipo que leía el Daily News almorzando un bocadillo de albóndigas. Kuklinski tiró con disimulo el periódico al suelo, y al ir a recogerlo inspeccionó la posición que ocupaba Galante. Seguidamente continuó comiendo tranquilo. Entonces vio salir a Caesar Bonventre, el guardaespaldas que iba a traicionar a Galante, lo que significaba una señal para entrar en acción. Era el momento.

          Galante oyó abrirse la puerta de la terraza, pero no era Bonventre, sino el polaco del bocata y el periódico, con una mirada que le hizo estremecerse. No le dio tiempo a ponerse en pie: en cuestión de segundos Kuklinski vació los cargadores de las dos 357 con las que encañonó a Galante y su guardaespaldas Coppola. A continuación salió de allí cruzándose con un escuadrón que acababa de irrumpir en el local para no dejar cabos sueltos. Uno de ellos portaba una escopeta. El ruido de los disparos dejó zumbando los oídos de Kuklinski, quien antes de salir se hizo con el periódico que leía. Fuera, en la calle, le esperaba DeMeo con su coche en marcha.

          -¿Cómo ha ido?

          -Como un puto reloj, joder.

          -Eres el mejor.

          Y, en lo suyo, no dejaba de ser verdad.  






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