Ayer cometí la locura de gastar un
dinero que no tengo en ir a ver a Bruce Springsteen. Estos no son tiempos para
gastar sin pensar, ¿verdad? Setenta y pico euros por una entrada que significan
tres horas de entretenimiento, bajo una lluvia torrencial constante, debió
haberme hecho pensar que fue un derroche, un mal gasto, una puta estupidez. Pero
no fue así. Por un momento, aunque Springsteen habló de los malos tiempos, la
crisis económica no existía. Y esa fiesta de 45.000 personas, fue una peineta
anular a la tormenta.

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