domingo, 29 de abril de 2012

Tautología

   <<Los problemas que tenemos no pueden ser resueltos en el mismo nivel de pensamiento que los ha creado>>.
                                    Albert Einstein

viernes, 27 de abril de 2012

Algo Para Pensar


       El novelista israelí Sammy Michael tuvo una vez la experiencia de ir en taxi durante largo rato por la ciudad, con un conductor que le iba dando la típica conferencia sobre lo importante que es para los judíos matar a todos los árabes. Sammy le escuchaba y, en lugar de gritarle: “¡Qué hombre tan terrible es usted!” ¿Es usted nazi o fascista?”, decidió tomárselo de otra forma y le preguntó: “¿Y quién cree usted que debería matar a todos los árabes?”. El taxista dijo: “¿Qué quiere decir? ¡Nosotros! ¡Los judíos israelíes! ¡Debemos hacerlo! No hay otra elección. ¡Y si no mire lo que nos están haciendo todos los días!”. “¿Pero quién piensa usted exactamente que debería llevar a cabo el trabajo? ¿La policía? ¿O tal vez el ejército? ¿El cuerpo de bomberos o equipos médicos? ¿Quién debería hacer el trabajo?” El taxista se rascó la cabeza y dijo: “Pienso que deberíamos dividirlo a partes iguales entre cada uno de nosotros, cada uno de nosotros debería matar a algunos”. Y Sammy Michael, todavía con el mismo juego, dijo: “De acuerdo. Suponga que a usted le toca cierto barrio residencial de su ciudad natal en Haifa y llama usted a cada puerta o toca el timbre y dice: “Disculpe, señor, o disculpe, señora. ¿No será usted árabe por casualidad?”. Y si la respuesta es afirmativa le dispara. Luego termina con su barrio y se dispone a irse a casa, pero al hacerlo -dijo Sammy al taxista- oye en alguna parte del cuarto piso del bloque llorar a un recién nacido. ¿Volvería para disparar al recién nacido? ¿Sí o no?” Se produjo un momento de silencio y el taxista le dijo a Sammy: “Sabe, es usted un hombre muy cruel”.

       Hay algo en la naturaleza del fanático que es esencialmente sentimental y al mismo tiempo carente de imaginación.        


jueves, 26 de abril de 2012

El último acto


            Veo la fotografía del rey Juan Carlos I frente al elefante abatido en un safari en Botsuana, en la semana más problemática para la economía española, en la peor crisis que se recuerda desde 1929, y recuerdo las palabras del genial fotógrafo neoyorquino Peter Beard, paradigma del hombre-frontera, que retrató el África de los años sesenta como ya nunca se podrá hacer porque, entre otras razones, las nieves del Kilimanjaro dejaron de existir. Beard no cree que la humanidad tenga futuro. Cuando la periodista le preguntó sobre las causas de su pesimismo, respondió: “Soy extremadamente realista. Nos pasará como en la película El Planeta de los Simios. Y ya lo dijo Orwell. Pronto no quedará nada. Quizá no desaparezcamos, pero viviremos como cucarachas”.

            Es imposible obviar tanto augurio de apocalipsis cuando quienes lo vaticinan son personas como el propio Beard. Lo cierto es que el miedo parece estar calando en nuestras conciencias. Se extiende como una mancha de aceite sobre la tela del Viejo Continente. Los partidos políticos más extremistas, con mensajes inspirados en la ultraderecha, son cada vez más populares: claro indicio de un miedo general latente. Ya hemos pasado por esto antes.

            La Historia está llena de civilizaciones truncadas. De gente que asistió al final del mundo tal y como lo conocían. Los aztecas que vivieron la llegada al Yucatán de Hernán Cortés y sus hombres, vieron derrumbarse en apenas tres años lo terrenal y lo divino. Fue la muerte de todo cuanto creían.


En Europa, en el siglo XIV, se pensó firmemente que el final de la humanidad había llegado cuando la gente comenzó a enfermar y morir a miles. La bacteria de la peste acabó con la vida, en tan sólo cuatro años, de 20 millones de personas en un continente habitado entonces por 80 millones. Las ratas que propagaron la llamada peste negra, llegaron en barcos de comerciantes genoveses procedentes de Oriente. Las pulgas que se alojaban en el pelaje de los roedores, saltaban a los humanos después de infectar a la rata. Su picadura suponía la muerte entre un 40 y un 90 por cien de los casos. Pero hicieron falta 400 años para descubrir al causante.

            Y así, aldeas y ciudades enfermaban y morían bajo un miedo de incomprensión hoy en día inimaginable. Los campos quedaban a merced de los pájaros y la maleza. Los señores feudales que no caían víctimas, se veían sin vasallos sobre los que ejercer su poder. Por todos lados aparecían iluminados anunciando que Dios estaba castigando tanto pecado. Se organizaron procesiones por todo el Continente, cuyos miembros decían sermones, llevaban cruces y se flagelaban a sí mismos. Llegaron a tener 10.000 seguidores. El entonces papa Clemente VI prohibió estos movimientos temiendo su poder creciente en el año 1349.

            La multitud, azuzada por el pánico, buscó culpables, y los encontraron en los judíos. Se los acusó de envenenar pozos y fuentes por toda la cristiandad. Además, eran infieles, y los asesinos de Cristo. Y así, desatada la peor de las bestias humanas: el miedo, en enero de 1348, en la ciudad de Basilea fueron quemados en la hoguera 600 judíos. Matanzas similares se produjeron en Zurich, Chillon, Barcelona, Cervera… El papa Clemente VI, desde Avignon, que era la sede pontificia en aquella época, emitió una bula que exculpaba a los judíos de provocar la peste, dando la sencilla razón de ser ellos también víctimas de la enfermedad. Pero su edicto no detuvo a las masas, y el Día de san Valentín, en la ciudad de Estrasburgo, se quemó a 900 judíos. Así fue como desaparecieron más de 200 comunidades hebreas en toda Europa.


Nunca antes, el Viejo Continente sufrió una mortandad comparable.


Una ausencia de Dios comparable.


Un pánico comparable.

         

          Los minuti, los vulgares de las urbes que no podían huir como lo hacían los potentados, tomaban el gobierno que quedaba vacío, para descubrir que no lo hacían peor que quienes habían gobernado hasta aquel momento. La conciencia de una muerte probable, hizo a muchos vasallos ser exigentes ante los señores para mejorar las condiciones de sus vidas. Hubo revueltas campesinas por doquier. En Inglaterra, en el 1381, los insurrectos llegaron a sitiar la Torre de Londres y matar al arzobispo de Canterbury.

          Era el mundo al revés.


El ser humano desnudo ante la muerte. Sin títulos ni armaduras.
Cuando la peste empezó a remitir, ya nada era igual que antes. Ciertamente no acabó el feudalismo, pero quedó en evidencia la fragilidad del sistema que regía la vida terrenal. La evidencia de que la peste no había respetado a nadie, ni a mendigos ni a príncipes, quedó grabado en la conciencia de las gentes. Surgió un boom creativo muy popular que ensalzaba la muerte. Se impulsó la escritura de las conocidas como “danzas macabras”. La dama negra se volvió musa de artistas, que la representaban con un mensaje claro: memento mori, recuerda que morirás.

            Quizá estamos recuperando partes de ese pasado conservado en nuestro subconsciente.

            Las noticias de una crisis económica interminable, un mundo al que se le acaba el petróleo o un cambio climático apocalíptico despierta nuestro atávico fatalismo.


Pero, ¿a quién quemaremos esta vez? ¿A los inmigrantes?




domingo, 8 de abril de 2012

La revuelta de Stonewall


       Después de ver un par de películas duras como la vida misma, tenía ganas de relajarme un poco. Y entonces llegó Brüno, del actor británico Sacha Baron Cohen, colocándose en la piel de un gay austriaco cuyo único objetivo en la vida es convertirse en famoso (“¡quiero ser la mayor megaestrella austríaca desde Adolf Hitler!”). La película es alocada, como el personaje. Con momentos brillantes, y otros muy flojos, Brüno va encadenando una sucesión de escenas hilarantes que, aunque no termines por creer su supuesta autenticidad, es casi imposible evitar la risa nerviosa que te producen las provocaciones del personaje.

       Brüno, antes que gay, es extremadamente frívolo, intelectualmente estúpido y carente de talento. Es el arquetipo gay de un homófobo, con el que ningún homosexual puede sentir simpatía. Ahí está precisamente el desparpajo de la película de Cohen, la de incomodar a todo el mundo, sacando los colores a galgos y podencos.

       Pero, aparcando a Brüno, merece la pena tener presente la lucha llevada a cabo por los derechos civiles de gays y lesbianas. El mundo está todavía muy lejos de aceptar la libertad sexual como un derecho fundamental de cualquier ciudadano. Uganda, por ejemplo, está elaborando una ley donde es muy posible que la homosexualidad quede registrada como un delito perseguido con la pena de muerte.

       Cuando miro la historia siempre siento debilidad por las revoluciones sociales, como la revuelta de Stonewall.

       En los Estados Unidos de los sesenta, la llamada Tierra de la Libertad, la población negra tenía un largo camino que recorrer en su lucha por la igualdad, y, lo mismo ocurría para gays y lesbianas. Existía una especie de cansancio colectivo que daba señales de estar a punto de reventar en una algarabía popular, pero el conservadurismo general procuraba silenciarlo con sus habituales linchamientos, redadas y encarcelamientos.

       El subinspector Seymour Pine, veterano de la Segunda Guerra Mundial, de la División de Moralidad Pública de la Policía de Nueva York, no podía imaginar lo que le esperaba en el bar Stonewall Inn cuando puso en marcha su operación de efectuar una redada en el local el 27 de junio de 1969, un viernes noche.

       Stonewall era un antro para homosexuales en el Village propiedad del mafioso Tony el Gordo. Su negocio era una mina de oro. Pagaba 300$ mensuales de alquiler por un local que le reportaba una ganancia en una noche de fin de semana de entre 3000$ y 4.500$, sin invertir lo más mínimo en procurar las más elementales condiciones de higiene. No había agua corriente, por lo que los vasos usados se enjuagaban en un par de cubos que terminaban con el agua más turbia que las aguas del Ganges. Lo que realmente le costaba dinero a Tony era mantener a la policía alejada de allí. Para eso debía soltar en sobornos de 1.200$ a 2000$. Pero el negocio lo merecía.

       Tanto los camareros como los porteros ojeaban a los clientes para señalar a los ricos y hacerles un seguimiento. Obteniendo unas fotografías comprometedoras, se podía obtener unos pingües beneficios extras haciendo chantaje. Hay que pensar que nada más entrar en Stonewall se podían estar infringiendo varias leyes, como por ejemplo la que prohibía servir alcohol a los homosexuales, o vestir tres prendas que “no correspondieran a su sexo”.

       Pine no avisó de su intención de intervenir el Stonewall al Sexto Precinto, por lo que nadie advirtió a Tony el Gordo para que se preparase. Quería que aquello fuera lo más efectivo posible. Buscaba desarticular la extorsión de la que estaban siendo víctimas una serie de ejecutivos de Wall Street. Así que primero envió a dos mujeres policía para recabar información. Aquellas mujeres eran muy necesarias para detener a los travestis, ya que por ley solo ellas podían averiguar la identidad de quienes alegaran ser féminas o transexuales. Éstos no podían ser detenidos por vestir de mujer si se habían operado, aunque en realidad era una manera más de humillación.

       Como parecía que a las mujeres policía se les había tragado la tierra, Pine nervioso por ejecutar la operación, dio orden de intervenir. Acompañado de siete hombres, entró de forma aguerrida en el local. Le asombró que en lugar de provocar sorpresa y miedo, la respuesta de la gente fuera una actitud retadora, produciéndose una calma tensa que paralizó por un instante la operación. No esperaba algo así. Después de titubear un poco, Pine reaccionó y empezó a aislar a los que pretendía detener, permitiendo marchar al resto. Pero éstos, en lugar de irse bien lejos de allí, se unieron al grupo de personas que se estaban congregando a la salida del local.

       Según fueron sacando a los arrestados con las manos esposadas, los policías fueron comprendiendo que la situación se les estaba yendo de las manos. Era una noche muy calurosa de un viernes, el local estaba abarrotado de gente que había bebido, entre otros consumos, y el Village estaba habitado por muchos homosexuales que decidieron acercarse al lugar.

       No se sabe bien cuál fue la chispa que incendió la calle, si el travesti que golpeó con un bolso al policía que le llevaba al furgón policial, o la lesbiana que al ser zarandeada gritó a la gente: <<¿es que no vais a hacer nada, tíos?>> Y entonces empezaron a llover sobre los policías de Pine una granizada de centavos. Seguidamente fueron latas y botellas. Y, finalmente, mierda de perro. Alguien arrojó un adoquín al furgón de la policía y, animados por el atrevimiento, le siguieron cubos de basura. Seymour Pine, asustado por la violencia de la turba, ordenó atrincherarse en el interior del local, al tiempo que las ruedas del furgón eran rajadas, y sus puertas abiertas para liberar a los detenidos.

       Dentro del local, una de las mujeres policía encontró la forma de escapar al tejado escurriéndose por una ventana en el techo, mientras Pine y los demás agentes creyeron encontrar un arma contra la gente de la calle al descubrir una manguera antiincendios. La extendieron y colocaron la boca apuntando al exterior a través de una rendija. Cuando Pine ordenó girar la llave de paso, vieron con horror que de la manguera solo escapó un ridículo chorrito de agua estancada, que en la calle celebraron con risas. El tumulto formado frente al Stonewall parecía estar de fiesta. Había una sensación general de estar ajustando cuentas con la policía de Nueva York aterrorizando a los agentes de Pine. Los más osados arrancaron parquímetros y los usaron de ariete contra la puerta y ventanas, por donde colaban débiles llamaras azules con botes de gas al que acercaban un mechero, que provocaban el pánico de los sitiados. Pine y los agentes tenían sus armas a punto para comenzar a disparar si la turba conseguía entrar. En su declaración, Pine aseguró que nunca sintió tanto miedo como soldado combatiendo en Europa, y eso teniendo en cuenta que al ser judío los alemanes no le darían el mismo trato que a sus camaradas de armas.

       Cuando por fin llegaron los antidisturbios, estos encontraron una masa de al menos un millar de personas que no tenía ninguna intención de despejar la calle. Los travestis comenzaron a cantar a las desconcertadas fuerzas del orden: <<¡Somos las chicas de Stonewall… !>>

       La calma llegó al amanecer, pero lo ocurrido tuvo tanta repercusión, en parte gracias a la crónica del reportero Howard Smith, que el sábado noche la calle volvió a convertirse en una multitud desafiante de lesbianas, travestis y chaperos, uniéndose a ella oficinistas y homosexuales de perfil bajo, deseosos de confirmar por sí mismos las historias que corrían por toda la ciudad. El Village se inundó de gente dispuesta a cortar el tráfico, agredir a las fuerzas del orden y hacerse con el control de la calle al grito de un eslogan inaudito: ¡Gay power!

       El poeta beat Allan Ginsberg, abiertamente homosexual, reaccionó con entusiasmo: <<Somos una de las minorías más grandes del país, como el 10 por ciento. Ya era hora de que hiciéramos algo para avanzar>>. Había nacido el orgullo gay, y desde entonces ha sido recordado cada junio del modo más abiertamente festivo imaginable.





jueves, 5 de abril de 2012

Memorias


       Jeanette Winterson es una escritora británica cuyo libro de memorias lo tituló: ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

       Esta frase memorable se la dijo su madre adoptiva, cuando supo que tenía una relación lésbica.

“—Jeanette, ¿puedes decirme por qué?
—Por qué, ¿qué?
—Sabes muy bien el qué.
—Cuando estoy con ella soy feliz. Feliz, sin más.
Asintió. Parecía que comprendía y pensé, de verdad, por un instante, que iba a cambiar de opinión, que hablaríamos, que estaríamos al mismo lado del muro de cristal. Esperé. Al final soltó:
—¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”.


lunes, 2 de abril de 2012

Aforismo




“Aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad.”
David Viscott