Después de ver un par de películas duras
como la vida misma, tenía ganas de relajarme un poco. Y entonces llegó Brüno,
del actor británico Sacha Baron Cohen, colocándose en la piel de un gay
austriaco cuyo único objetivo en la vida es convertirse en famoso (“¡quiero ser
la mayor megaestrella austríaca desde Adolf Hitler!”). La película es alocada,
como el personaje. Con momentos brillantes, y otros muy flojos, Brüno va
encadenando una sucesión de escenas hilarantes que, aunque no termines por
creer su supuesta autenticidad, es casi imposible evitar la risa nerviosa que
te producen las provocaciones del personaje.
Brüno, antes que gay, es extremadamente
frívolo, intelectualmente estúpido y carente de talento. Es el arquetipo gay de
un homófobo, con el que ningún homosexual puede sentir simpatía. Ahí está
precisamente el desparpajo de la película de Cohen, la de incomodar a todo el
mundo, sacando los colores a galgos y podencos.
Pero, aparcando a Brüno, merece la pena
tener presente la lucha llevada a cabo por los derechos civiles de gays y
lesbianas. El mundo está todavía muy lejos de aceptar la libertad sexual como
un derecho fundamental de cualquier ciudadano. Uganda, por ejemplo, está
elaborando una ley donde es muy posible que la homosexualidad quede registrada
como un delito perseguido con la pena de muerte.
Cuando miro la historia siempre siento
debilidad por las revoluciones sociales, como la revuelta de Stonewall.
En los Estados Unidos de los sesenta, la
llamada Tierra de la Libertad, la
población negra tenía un largo camino que recorrer en su lucha por la igualdad,
y, lo mismo ocurría para gays y lesbianas. Existía una especie de cansancio
colectivo que daba señales de estar a punto de reventar en una algarabía
popular, pero el conservadurismo general procuraba silenciarlo con sus
habituales linchamientos, redadas y encarcelamientos.
El subinspector Seymour Pine, veterano de
la Segunda Guerra Mundial, de la División de Moralidad Pública de la Policía de
Nueva York, no podía imaginar lo que le esperaba en el bar Stonewall Inn cuando
puso en marcha su operación de efectuar una redada en el local el 27 de junio
de 1969, un viernes noche.
Stonewall era un antro para homosexuales
en el Village propiedad del mafioso Tony el Gordo. Su negocio era una mina de
oro. Pagaba 300$ mensuales de alquiler por un local que le reportaba una
ganancia en una noche de fin de semana de entre 3000$ y 4.500$, sin invertir lo
más mínimo en procurar las más elementales condiciones de higiene. No había
agua corriente, por lo que los vasos usados se enjuagaban en un par de cubos
que terminaban con el agua más turbia que las aguas del Ganges. Lo que
realmente le costaba dinero a Tony era mantener a la policía alejada de allí.
Para eso debía soltar en sobornos de 1.200$ a 2000$. Pero el negocio lo
merecía.
Tanto los camareros como los porteros
ojeaban a los clientes para señalar a los ricos y hacerles un seguimiento.
Obteniendo unas fotografías comprometedoras, se podía obtener unos pingües
beneficios extras haciendo chantaje. Hay que pensar que nada más entrar en
Stonewall se podían estar infringiendo varias leyes, como por ejemplo la que
prohibía servir alcohol a los homosexuales, o vestir tres prendas que “no
correspondieran a su sexo”.
Pine no avisó de su intención de
intervenir el Stonewall al Sexto Precinto, por lo que nadie advirtió a Tony el
Gordo para que se preparase. Quería que aquello fuera lo más efectivo posible.
Buscaba desarticular la extorsión de la que estaban siendo víctimas una serie
de ejecutivos de Wall Street. Así que primero envió a dos mujeres policía para
recabar información. Aquellas mujeres eran muy necesarias para detener a los
travestis, ya que por ley solo ellas podían averiguar la identidad de quienes
alegaran ser féminas o transexuales. Éstos no podían ser detenidos por vestir
de mujer si se habían operado, aunque en realidad era una manera más de
humillación.
Como parecía que a las mujeres policía se
les había tragado la tierra, Pine nervioso por ejecutar la operación, dio orden
de intervenir. Acompañado de siete hombres, entró de forma aguerrida en el
local. Le asombró que en lugar de provocar sorpresa y miedo, la respuesta de la
gente fuera una actitud retadora, produciéndose una calma tensa que paralizó
por un instante la operación. No esperaba algo así. Después de titubear un
poco, Pine reaccionó y empezó a aislar a los que pretendía detener, permitiendo
marchar al resto. Pero éstos, en lugar de irse bien lejos de allí, se unieron
al grupo de personas que se estaban congregando a la salida del local.
Según fueron sacando a los arrestados con
las manos esposadas, los policías fueron comprendiendo que la situación se les
estaba yendo de las manos. Era una noche muy calurosa de un viernes, el local
estaba abarrotado de gente que había bebido, entre otros consumos, y el Village
estaba habitado por muchos homosexuales que decidieron acercarse al lugar.
No se sabe bien cuál fue la chispa que
incendió la calle, si el travesti que golpeó con un bolso al policía que le
llevaba al furgón policial, o la lesbiana que al ser zarandeada gritó a la
gente: <<¿es que no vais a hacer nada, tíos?>> Y entonces empezaron
a llover sobre los policías de Pine una granizada de centavos. Seguidamente
fueron latas y botellas. Y, finalmente, mierda de perro. Alguien arrojó un adoquín
al furgón de la policía y, animados por el atrevimiento, le siguieron cubos de
basura. Seymour Pine, asustado por la violencia de la turba, ordenó atrincherarse
en el interior del local, al tiempo que las ruedas del furgón eran rajadas, y
sus puertas abiertas para liberar a los detenidos.
Dentro del local, una de las mujeres
policía encontró la forma de escapar al tejado escurriéndose por una ventana en
el techo, mientras Pine y los demás agentes creyeron encontrar un arma contra
la gente de la calle al descubrir una manguera antiincendios. La extendieron y
colocaron la boca apuntando al exterior a través de una rendija. Cuando Pine
ordenó girar la llave de paso, vieron con horror que de la manguera solo escapó
un ridículo chorrito de agua estancada, que en la calle celebraron con risas. El
tumulto formado frente al Stonewall parecía estar de fiesta. Había una
sensación general de estar ajustando cuentas con la policía de Nueva York
aterrorizando a los agentes de Pine. Los más osados arrancaron parquímetros y
los usaron de ariete contra la puerta y ventanas, por donde colaban débiles
llamaras azules con botes de gas al que acercaban un mechero, que provocaban el
pánico de los sitiados. Pine y los agentes tenían sus armas a punto para
comenzar a disparar si la turba conseguía entrar. En su declaración, Pine
aseguró que nunca sintió tanto miedo como soldado combatiendo en Europa, y eso
teniendo en cuenta que al ser judío los alemanes no le darían el mismo trato
que a sus camaradas de armas.
Cuando por fin llegaron los
antidisturbios, estos encontraron una masa de al menos un millar de personas
que no tenía ninguna intención de despejar la calle. Los travestis comenzaron a
cantar a las desconcertadas fuerzas del orden: <<¡Somos las chicas de
Stonewall… !>>
La calma llegó al amanecer, pero lo
ocurrido tuvo tanta repercusión, en parte gracias a la crónica del reportero
Howard Smith, que el sábado noche la calle volvió a convertirse en una multitud
desafiante de lesbianas, travestis y chaperos, uniéndose a ella oficinistas y
homosexuales de perfil bajo, deseosos de confirmar por sí mismos las historias
que corrían por toda la ciudad. El Village se inundó de gente dispuesta a
cortar el tráfico, agredir a las fuerzas del orden y hacerse con el control de
la calle al grito de un eslogan inaudito: ¡Gay power!
El poeta beat Allan Ginsberg, abiertamente homosexual, reaccionó con
entusiasmo: <<Somos una de las minorías más grandes del país, como el 10
por ciento. Ya era hora de que hiciéramos algo para avanzar>>. Había
nacido el orgullo gay, y desde entonces ha sido recordado cada junio del modo
más abiertamente festivo imaginable.