Un día como hoy de 1917, el papa
Benedicto XV logró que el Vaticano
tuviera una actitud mucho más digna que su vergonzoso papel en la Segunda Guerra
Mundial, pues exhortó a detener la contienda en su encíclica Dès le Début, después de intentarlo por
medio de su servicio diplomático.
La escala de la matanza desafía la
capacidad humana de imaginar lo espantoso de aquellos años de guerra total
entre las naciones más industrializadas del planeta.
La I Guerra Mundial, la Gran Guerra,
terminó en noviembre de 1918, hace ya casi un siglo: pero los dos últimos
veteranos británicos murieron hace solo unos años, y cada año se recogen
todavía, en los antiguos campos de batalla de Francia y de Bélgica, más de
doscientas toneladas de material de guerra. En 2005 se excavaron 250 nuevos
cadáveres de soldados británicos y neozelandeses. Brigadas especiales siguen
recorriendo los campos en busca de los muchos miles de minas y de bombas que
siguen sin explotar desde hace casi cien años. En 1991, durante las
excavaciones para un tendido de ferrocarril de alta velocidad, murieron 36
trabajadores por explosiones de bombas de la guerra. En 2005, tan solo en la
zona de la batalla del Somme, los equipos franceses desactivaron 50 toneladas
de explosivos. Los tractores de los campesinos siguen llevando blindajes
delanteros por el peligro de las explosiones. En cuanto cavan un poco más hondo
sus cuchillas alcanzan un estrato geológico inagotable de cascos de guerra,
fusiles, fragmentos de esqueletos, botas, cantimploras, mochilas, casquillos de
balas, relojes, platos abollados de latón, hebillas de cinturones.
Cuatrocientos cementerios de cruces blancas idénticas puntean los campos del
Somme, en los que cayeron muertos o heridos 57.000 soldados y oficiales
británicos antes del anochecer del primer día de la batalla, el primero de
julio de 1916; 125.000 habían muerto a principios del otoño, cuando el barro y
la lluvia forzaron a paralizar las operaciones. Llovía tanto en aquellos campos
de Flandes que muchos miles de soldados murieron ahogados en el barro. Uno de
ellos, llegado de India, escribió a su familia: "Esto no es la guerra.
Esto es el fin del mundo".
Entre 8,5 y 10 millones de soldados
murieron en los frentes; hombres muy jóvenes sobre todo: la mitad de los
varones franceses entre 20 y 32 años; más de la tercera parte de los alemanes;
6 de cada 20 británicos. Hubo entre 12 y 13 millones de víctimas civiles. Y la
gripe que empezó en un campamento militar americano en los primeros meses de
1918 mató a 50 millones de personas. Hubo 21 millones de heridos, muchos de
ellos trastornados mentales que siguieron llevando vidas oscuras de sufrimiento
en manicomios. En Inglaterra la asociación de veteranos con las caras
desfiguradas por heridas de guerra tenía en 1919 41.000 miembros. En 1918 el
70% del producto nacional bruto de Gran Bretaña se dedicó a gastos militares.
En Berlín había tanta hambre que cuando un caballo de tiro caía muerto en la
calle una multitud de mujeres se congregaba en torno a él y lo despedazaba con
tijeras o cuchillos hasta que no quedaba más que el esqueleto. Con las ropas y
las caras ensangrentadas las mujeres huían llevando pedazos de carne cruda en
las manos. "¡Matad alemanes, matadlos!", clamaba el obispo anglicano
de Londres en un sermón publicado en 1915, "no por el gusto de matar, sino
para salvar al mundo... Matad a los buenos y matad a los malos, a los viejos
igual que a los jóvenes, a los crueles y a los que muestren compasión".
Por muchas veces que se cuente aquel
horror sigue sobrecogiendo. Pero quizás sobrecoge todavía más la inconsciencia
humana que dio lugar a tanta destrucción, y el entusiasmo casi unánime con que
fue recibido en agosto de 1914 el advenimiento de la guerra. Muchas de las más
lúcidas inteligencias de la época la saludaron como una ocasión gloriosa:
Thomas Mann, Sigmund Freud, incluso Stefan Zweig. En el mundo de habla alemana
la única excepción luminosa fue Albert Einstein. Y había que tener mucho valor
para hacerlo.
Los datos de este post los he recogido de
un sobresaliente artículo de Antonio Muñoz Molina, pero si se quiere indagar en
aquella contienda, recomiendo visitar las páginas del cómic ¡Puta Guerra!, de Tardi y Verney,
ilustrador y guionista respectivamente, por su enorme talento artístico.
Soberbia unión de dos talentos.

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