sábado, 5 de mayo de 2012

Llamada a la paz


            Un día como hoy de 1917, el papa Benedicto XV logró que el Vaticano tuviera una actitud mucho más digna que su vergonzoso papel en la Segunda Guerra Mundial, pues exhortó a detener la contienda en su encíclica Dès le Début, después de intentarlo por medio de su servicio diplomático.

            La escala de la matanza desafía la capacidad humana de imaginar lo espantoso de aquellos años de guerra total entre las naciones más industrializadas del planeta.

            La I Guerra Mundial, la Gran Guerra, terminó en noviembre de 1918, hace ya casi un siglo: pero los dos últimos veteranos británicos murieron hace solo unos años, y cada año se recogen todavía, en los antiguos campos de batalla de Francia y de Bélgica, más de doscientas toneladas de material de guerra. En 2005 se excavaron 250 nuevos cadáveres de soldados británicos y neozelandeses. Brigadas especiales siguen recorriendo los campos en busca de los muchos miles de minas y de bombas que siguen sin explotar desde hace casi cien años. En 1991, durante las excavaciones para un tendido de ferrocarril de alta velocidad, murieron 36 trabajadores por explosiones de bombas de la guerra. En 2005, tan solo en la zona de la batalla del Somme, los equipos franceses desactivaron 50 toneladas de explosivos. Los tractores de los campesinos siguen llevando blindajes delanteros por el peligro de las explosiones. En cuanto cavan un poco más hondo sus cuchillas alcanzan un estrato geológico inagotable de cascos de guerra, fusiles, fragmentos de esqueletos, botas, cantimploras, mochilas, casquillos de balas, relojes, platos abollados de latón, hebillas de cinturones. Cuatrocientos cementerios de cruces blancas idénticas puntean los campos del Somme, en los que cayeron muertos o heridos 57.000 soldados y oficiales británicos antes del anochecer del primer día de la batalla, el primero de julio de 1916; 125.000 habían muerto a principios del otoño, cuando el barro y la lluvia forzaron a paralizar las operaciones. Llovía tanto en aquellos campos de Flandes que muchos miles de soldados murieron ahogados en el barro. Uno de ellos, llegado de India, escribió a su familia: "Esto no es la guerra. Esto es el fin del mundo".

          Entre 8,5 y 10 millones de soldados murieron en los frentes; hombres muy jóvenes sobre todo: la mitad de los varones franceses entre 20 y 32 años; más de la tercera parte de los alemanes; 6 de cada 20 británicos. Hubo entre 12 y 13 millones de víctimas civiles. Y la gripe que empezó en un campamento militar americano en los primeros meses de 1918 mató a 50 millones de personas. Hubo 21 millones de heridos, muchos de ellos trastornados mentales que siguieron llevando vidas oscuras de sufrimiento en manicomios. En Inglaterra la asociación de veteranos con las caras desfiguradas por heridas de guerra tenía en 1919 41.000 miembros. En 1918 el 70% del producto nacional bruto de Gran Bretaña se dedicó a gastos militares. En Berlín había tanta hambre que cuando un caballo de tiro caía muerto en la calle una multitud de mujeres se congregaba en torno a él y lo despedazaba con tijeras o cuchillos hasta que no quedaba más que el esqueleto. Con las ropas y las caras ensangrentadas las mujeres huían llevando pedazos de carne cruda en las manos. "¡Matad alemanes, matadlos!", clamaba el obispo anglicano de Londres en un sermón publicado en 1915, "no por el gusto de matar, sino para salvar al mundo... Matad a los buenos y matad a los malos, a los viejos igual que a los jóvenes, a los crueles y a los que muestren compasión".

          Por muchas veces que se cuente aquel horror sigue sobrecogiendo. Pero quizás sobrecoge todavía más la inconsciencia humana que dio lugar a tanta destrucción, y el entusiasmo casi unánime con que fue recibido en agosto de 1914 el advenimiento de la guerra. Muchas de las más lúcidas inteligencias de la época la saludaron como una ocasión gloriosa: Thomas Mann, Sigmund Freud, incluso Stefan Zweig. En el mundo de habla alemana la única excepción luminosa fue Albert Einstein. Y había que tener mucho valor para hacerlo.

       Los datos de este post los he recogido de un sobresaliente artículo de Antonio Muñoz Molina, pero si se quiere indagar en aquella contienda, recomiendo visitar las páginas del cómic ¡Puta Guerra!, de Tardi y Verney, ilustrador y guionista respectivamente, por su enorme talento artístico.

       Soberbia unión de dos talentos.

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