domingo, 20 de mayo de 2012

Los inmorales


          El periodista Carlos E. Cué parece estar muy bien informado sobre todo lo que viene ocurriendo entre las bambalinas del Partido Popular en los últimos años. Por eso, si sus crónicas ya eran jugosas cuando Mariano Rajoy y los suyos estaban en la oposición, ahora que tienen el poder, y se ven en la complicada tarea de sacar al país de la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial, sus artículos se vuelven imprescindibles.

          Cué ha seguido paso a paso los cinco meses desde que Mariano Rajoy viene siendo presidente de España, relatando sus constantes esfuerzos por ganarse la confianza de los mercados. Ya con ganar las elecciones, escribió Cué, creyó que los mercados aplaudirían su victoria con una rebaja de la prima de riesgo y una subida del Ibex 35. Pero sucedió justo lo contrario: la tormenta económica se volvió aún más violenta.

          “Rajoy está cada día más descolocado. Perplejo. No entiende, explican los suyos, por qué unas medidas que él mismo considera durísimas no aplacan a los mercados.”

          Esto, que escribió Cué en el diario El País el jueves 17 de mayo, me produce cierta compasión. ¿Puede un presidente del gobierno ser un infeliz? Un gizajo, que es como en vasco se les tacha a los ingenuos que merecen la mayor conmiseración.

          Alguien debe explicarle a nuestro señor presidente el tipo de gente a la que se dirige con su política de recortes. Por favor, que alguien le haga llegar el vídeo de la entrevista que la BBC le hizo a Alessio Rastani. Sí, ya sé que muchos lo tachan de farsante, aunque más que eso, le acusan de buscar notoriedad. Pero aún así, yo lo se lo haría ver, y, si tiene tiempo, que continuara con el documental Inside Job y la película Margin Call. Es necesario que descubra cuanto antes la realidad a la que debe enfrentarse.

          Es difícil entender la dimensión de amoralidad a la que pueden llegar ciertas personas, por eso, hay que ser comprensivos. Pero qué duda cabe que es necesario que nuestro presidente entienda cuál es la naturaleza de ciertos centros de poder. Las agencias de calificación, el FMI, los bancos de inversión… Se imaginan a Gordon Gekko, el personaje de la película Wall Street interpretado por un convincente Michael Douglas, diciendo algo así como: <<¡Espera! En ese país vive gente, no vamos a disparar su prima de riesgo a índices insostenibles. ¡Lo llevaríamos a la bancarrota!>> Sí, ya, es solo un película de Hollywood. Pero es que su base era real. El personaje de Gekko estaba inspirado en un agente de bolsa llamado Ivan Boesky que afirmó en una charla a universitarios de la Escuela de Negocios de Berkeley: "No hay nada malo en cuanto a la codicia. Yo quiero que ustedes sepan esto. Yo creo que la codicia es sana. Se puede ser codicioso y aún así estar bien con uno mismo.

          Seamos claros, esta gente a la que desea contentar nuestro presidente es lo más parecido a un grupo mafioso que no está dispuesto a soltar su presa hasta conseguir la última moneda que quede en su puto banco nacional. Así de claro.

          Pero, ¿realmente es gente tan mala?

          El periodista John Carlin escribió en marzo de este año un artículo sobre su regreso a El Salvador, donde estuvo en los años ochenta, época de una terrible guerra civil que dejó 75.000 muertos, y en la que fue práctica habitual la matanza indiscriminada de poblados enteros. Carlin habla de un contacto político que tenía en el país, y al que volvió a ver en su regreso. Este hombre le confesó que se había reunido con un general retirado, al que le preguntó porqué habían matado a tantos niños. ¿Qué necesidad había de ello? El general le respondió: “Porque hacíamos lo que nos pedían los gringos”.

          Ya ven, los militares del mundo libre han podido estar involucrados en genocidios tan deleznables como los cometidos por los ustachis croatas o los einsatzgruppen nazis. Pero con una ligera diferencia, nadie les señalará con el dedo, porque quedaron impunes y en el más agradable anonimato. Bien, pues lo mismo está ocurriendo con los cabrones que están arruinando nuestro país. Lo hacen desde las sombras, apostando a que no aguantaremos más de diez asaltos, porque saben que ya estamos sangrando de la nariz, y eso les pone calientes. Es lo que nuestro presidente no entiende: continúan dándonos golpes precisamente porque nos están viendo sangrar. Creer que van a parar por compasión es ser un gizajo.

          Volvamos al cine, a ese lugar en el que un guionista, un director y un buen elenco de intérpretes nos recrean la realidad de un modo tan certero como lo hizo Scorsese en Goodfellas (Uno de los Nuestros) en 1990. La película recrea las memorias de un criminal auténtico llamado Henry Hill, con una sucesión de escenas notables como la de su final, en la que el protagonista termina delatando en un juicio a sus compañeros de correrías. El actor Ray Liotta, que interpreta a Hill, se levanta del estrado en el que le juzgan, ajeno a la escena del juicio, y desgrana con soltura un memorable monólogo disparado directamente al espectador que, en mi opinión, podría servir para cualquier broker de la City londinense o Wall Street que apuestan a lo grande que nos vamos a la mierda:



          <<Lo que más me costaba era dejar aquella vida. Me gustaba esa vida. Nos trataban como a estrellas de cine peligrosas. Teníamos todo solo con pedirlo. Y nuestras mujeres, madres, hijos: todos disfrutaban con lo que hacíamos. Tenía bolsas de papel llenas de joyas apiladas en la cocina. Tenía un azucarero lleno de coca junto a la cama. Podía tener todo lo que quería con una simple llamada de teléfono. Coches. Las llaves de una docena de apartamentos en toda la ciudad. Apostar 20.000 $ ó 30.000 $ en un fin de semana, y luego gastar las ganancias en una semana, o pedir prestado para pagar al corredor de apuestas. No importaba. Eso no significaba nada. Cuando no tenía un centavo en el bolsillo, iba y robaba más. Controlábamos todo. Untábamos a la pasma. Untábamos a abogados. Untábamos a los jueces. Todo el mundo ponía la mano. Y por ese motivo todo podía comprarse. Y ahora… Todo se acabó. Eso es lo más duro. Que hoy todo es distinto. No hay aliciente. Tengo que esperar como todo el mundo. Ni siquiera me mandan comida decente. Nada más llegar aquí pedí spaghetti con salsa marinera y me mandaron macarrones con Ketchup. Soy un don nadie. Y tengo que vivir el resto de mi vida como un gilipollas.>>



          Creo que esto es lo más parecido a justicia que se le puede aplicar a un amoral: condenarlo a llevar una vida de testigo protegido.









  

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