El periodista Carlos E. Cué parece
estar muy bien informado sobre todo lo que viene ocurriendo entre las
bambalinas del Partido Popular en los últimos años. Por eso, si sus crónicas ya
eran jugosas cuando Mariano Rajoy y los suyos estaban en la oposición, ahora
que tienen el poder, y se ven en la complicada tarea de sacar al país de la
peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial, sus artículos se vuelven
imprescindibles.
Cué ha seguido paso a paso los cinco
meses desde que Mariano Rajoy viene siendo presidente de España, relatando sus
constantes esfuerzos por ganarse la confianza de los mercados. Ya con ganar las
elecciones, escribió Cué, creyó que los mercados aplaudirían su victoria con
una rebaja de la prima de riesgo y una subida del Ibex 35. Pero sucedió justo
lo contrario: la tormenta económica se volvió aún más violenta.
“Rajoy está cada día más descolocado.
Perplejo. No entiende, explican los suyos, por qué unas medidas que él mismo
considera durísimas no aplacan a los mercados.”
Esto, que escribió Cué en el diario El
País el jueves 17 de mayo, me produce cierta compasión. ¿Puede un presidente
del gobierno ser un infeliz? Un gizajo,
que es como en vasco se les tacha a los ingenuos que merecen la mayor
conmiseración.
Alguien debe explicarle a nuestro
señor presidente el tipo de gente a la que se dirige con su política de
recortes. Por favor, que alguien le haga llegar el vídeo de la entrevista que
la BBC le hizo a Alessio Rastani. Sí, ya sé que muchos lo tachan de farsante,
aunque más que eso, le acusan de buscar notoriedad. Pero aún así, yo lo se lo
haría ver, y, si tiene tiempo, que continuara con el documental Inside Job y la película Margin Call. Es necesario que descubra
cuanto antes la realidad a la que debe enfrentarse.
Es difícil entender la dimensión de
amoralidad a la que pueden llegar ciertas personas, por eso, hay que ser
comprensivos. Pero qué duda cabe que es necesario que nuestro presidente
entienda cuál es la naturaleza de ciertos centros de poder. Las agencias de
calificación, el FMI, los bancos de inversión… Se imaginan a Gordon Gekko, el
personaje de la película Wall Street interpretado
por un convincente Michael Douglas, diciendo algo así como: <<¡Espera! En
ese país vive gente, no vamos a disparar su prima de riesgo a índices
insostenibles. ¡Lo llevaríamos a la bancarrota!>> Sí, ya, es solo un
película de Hollywood. Pero es que su base era real. El personaje de Gekko
estaba inspirado en un agente de bolsa llamado Ivan Boesky que afirmó en una
charla a universitarios de la Escuela de Negocios de Berkeley: "No
hay nada malo en cuanto a la codicia. Yo quiero que ustedes sepan esto. Yo creo
que la codicia es sana. Se puede ser codicioso y aún así estar bien con uno
mismo.” 
Seamos claros, esta gente a la que
desea contentar nuestro presidente es lo más parecido a un grupo mafioso que no
está dispuesto a soltar su presa hasta conseguir la última moneda que quede en
su puto banco nacional. Así de claro.
Pero, ¿realmente es gente
tan mala?
El periodista John Carlin escribió en
marzo de este año un artículo sobre su regreso a El Salvador, donde estuvo en
los años ochenta, época de una terrible guerra civil que dejó 75.000 muertos, y
en la que fue práctica habitual la matanza indiscriminada de poblados enteros.
Carlin habla de un contacto político que tenía en el país, y al que volvió a
ver en su regreso. Este hombre le confesó que se había reunido con un general
retirado, al que le preguntó porqué habían matado a tantos niños. ¿Qué
necesidad había de ello? El general le respondió: “Porque hacíamos lo que nos
pedían los gringos”.
Ya ven, los militares del mundo libre
han podido estar involucrados en genocidios tan deleznables como los cometidos
por los ustachis croatas o los einsatzgruppen nazis. Pero con una
ligera diferencia, nadie les señalará con el dedo, porque quedaron impunes y en
el más agradable anonimato. Bien, pues lo mismo está ocurriendo con los
cabrones que están arruinando nuestro país. Lo hacen desde las sombras,
apostando a que no aguantaremos más de diez asaltos, porque saben que ya
estamos sangrando de la nariz, y eso les pone calientes. Es lo que nuestro
presidente no entiende: continúan dándonos golpes precisamente porque nos están
viendo sangrar. Creer que van a parar por compasión es ser un gizajo.
Volvamos al cine, a ese lugar en el
que un guionista, un director y un buen elenco de intérpretes nos recrean la realidad
de un modo tan certero como lo hizo Scorsese en Goodfellas (Uno de los Nuestros) en 1990. La película recrea las
memorias de un criminal auténtico llamado Henry Hill, con una sucesión de escenas
notables como la de su final, en la que el protagonista termina delatando en un
juicio a sus compañeros de correrías. El actor Ray Liotta, que interpreta a
Hill, se levanta del estrado en el que le juzgan, ajeno a la escena del juicio,
y desgrana con soltura un memorable monólogo disparado directamente al espectador
que, en mi opinión, podría servir para cualquier broker de la City londinense o
Wall Street que apuestan a lo grande que nos vamos a la mierda:
<<Lo que más me costaba era
dejar aquella vida. Me gustaba esa vida. Nos trataban como a estrellas de cine
peligrosas. Teníamos todo solo con pedirlo. Y nuestras mujeres, madres, hijos:
todos disfrutaban con lo que hacíamos. Tenía bolsas de papel llenas de joyas
apiladas en la cocina. Tenía un azucarero lleno de coca junto a la cama. Podía
tener todo lo que quería con una simple llamada de teléfono. Coches. Las llaves
de una docena de apartamentos en toda la ciudad. Apostar 20.000 $ ó 30.000 $ en
un fin de semana, y luego gastar las ganancias en una semana, o pedir prestado
para pagar al corredor de apuestas. No importaba. Eso no significaba nada.
Cuando no tenía un centavo en el bolsillo, iba y robaba más. Controlábamos
todo. Untábamos a la pasma. Untábamos a abogados. Untábamos a los jueces. Todo
el mundo ponía la mano. Y por ese motivo todo podía comprarse. Y ahora… Todo se
acabó. Eso es lo más duro. Que hoy todo es distinto. No hay aliciente. Tengo
que esperar como todo el mundo. Ni siquiera me mandan comida decente. Nada más
llegar aquí pedí spaghetti con salsa marinera y me mandaron macarrones con
Ketchup. Soy un don nadie. Y tengo que vivir el resto de mi vida como un
gilipollas.>>
Creo que esto es lo más parecido a
justicia que se le puede aplicar a un amoral: condenarlo a llevar una vida de
testigo protegido.

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