Hoy cumplo 41 años y, como decía el
gran Billy Wilder, espero morir a los 104 años, asesinado por un marido celoso.
Cuando era un niño, un juego mío especialmente egocéntrico, era descubrir lo
más relevante que había sucedido un día como hoy, 24 de marzo, aparte de mi
propio nacimiento. La Wikipedia habla de la muerte de la reina de Inglaterra
Isabel I, el nacimiento del mago Houdini y el golpe de estado en la Argentina por
parte de la junta militar que dirigió (Sr. Matanza) Videla.
Hombre, todo importante, pero no
precisamente para celebrarlo. Y entonces descubrí al bueno de John Harrison.
Aunque va a ser un post largo, la historia que voy a contar merece
ser leída porque es muy buena. Empieza y
termina un 24 de marzo. Si hubiera sido del mismo año de 1693, nunca se hubiera
hablado de John Harrison, pero, mirándolo bien, su logro fue tan importante,
que llama la atención el eco tan discreto que ha quedado de su vida.
Antes
de la llegada de John Harrison a este valle de lágrimas, es esencial entender
la necesidad humana por calibrar el mundo. Para eso, desde la antigüedad, se
trazaron líneas paralelas que anillaran el globo terráqueo desde el ecuador
hasta los polos norte y sur, marcando así la latitud. Y, del mismo modo, pero
distribuidas verticalmente, se dibujaron los meridianos de la longitud. De esta
manera, el planeta, en su inmensa extensión, y más allá de cambios de fronteras
o desastres geológicos, quedaba compartimentado en coordenadas para la medición.
El gran cartógrafo y astrónomo
Tolomeo, hacia el año 150 de nuestra era, ya utilizó los meridianos en su primer
atlas. Los veintisiete mapas que realizó, sirviéndose de los testimonios de
viajeros, desaparecían por debajo del meridiano del ecuador, que era el
paralelo cero, porque creía, como cualquiera de su época, que el terrible calor
derretiría toda materia. Pero elegir el ecuador, más allá de esta creencia,
tenía sentido, puesto que los cuerpos celestes como el sol y la luna pasan casi
justo por encima, y eso facilita su ubicación. Cristóbal Colón lo siguió en su
viaje a América, lo que sentenció la suerte de los caribeños, que hasta
entonces se las arreglaban muy bien en su Edén (guiños perversos de la
Historia).
Pero, si es fácil trazar el punto de
partida de la latitud, ¿por dónde empezar con la longitud? Radiar líneas verticales
de polo a polo, dada la rotación de la tierra, es una cuestión política.
Tolomeo decidió que pasara por Canarias y Madeira, que era lo más al oeste que
podía ir según sus fuentes. Posteriormente, los cartógrafos lo han ido
colocando en muchos lugares, hasta haber quedado finalmente situado en Londres
por méritos propios, dicho sea de paso, gracias a John Harrison. Y cosa curiosa,
que Inglaterra no haya glorificado con más ahínco a quien lo hizo posible.
Pero
quizá no estoy dejando muy clara la dimensión del problema que supuso no poder establecer
la longitud en una carta náutica. Las tripulaciones que se adentraban en el
océano, se veían completamente rodeadas de agua sobre la que no había nada que
sirviera de punto de referencia, y el cielo nocturno, en gran parte, era un
misterio no siempre visible. Era igual a quedar abandonado en el vacío absoluto.
Los navegantes portugueses de la Era
de los Descubrimientos, o los españoles, ingleses, holandeses y franceses que
viajaban entre América, Europa y Oceanía, medían la distancia del puerto base
lanzando una corredera por la borda, y observando la rapidez con la que se
alejaba. Calculando así el llamado “punto estimado”, se sumaban los muchos
factores a tener en cuenta, y se estimaba la longitud. Lo más habitual era
errar, y pagarlo caro. Durante los siglos XV, XVI y XVII, las travesías largas
solían prolongarse más aún por la mala medición. Y la dieta de la navegación de
altura carecía de fruta y verdura fresca, lo que privaba a la tripulación de
vitamina C, condenándola al escorbuto y la sed.
Para evitar perderse, las travesías
guardaban la guía que les proporcionaba la latitud, como hizo Colón, lo que
venía a producir una especie de ruta oceánica por la que transitaban
balleneros, piratas, buques de guerra y buques mercantes. Una reunión
tumultuosa, como diría Tom Sharpe, no precisamente bien avenida.
Pero sería una tragedia de grandes
dimensiones, la que llevaría a buscar con urgencia una solución eficaz y
definitiva.
El almirante Sir Clowdisley Shovell
regresaba con su flota a Inglaterra en octubre de 1707, tras luchar con los
franceses en el Mediterráneo. A la altura de Bretaña la densa bruma otoñal
inquietó a las tripulaciones, conscientes de las peligrosas rocas que desde la
costa se adentraban en el mar. Un marinero del buque insignia Association, temiendo que la flota se
encaminara al desastre, se atrevió a hacer saber al almirante cuál era la
posición según sus cálculos. Algo así estaba prohibido en la Marina de Guerra,
pues significaba que un marinero se creía capaz de realizar las tareas de un
oficial, y de ahí a pensar en sustituirlo había un paso. Sir Clowdisley mandó
ahorcarlo por insubordinación. Veinticuatro horas después, el Association se estampó contra las rocas
de las islas Sorlingas, hundiéndose en cuestión de minutos. Le siguieron el
Eagle y el Romney. En total, cuatro de los cinco buques de la flota quedaron
destruidos y dos mil hombres perdieron la vida.
Clowdisley y otro tripulante fueron
los únicos que salvaron la vida. El almirante quedó tendido sobre la arena,
agotado, cuando lo encontró una mujer de la región y se enamoró. Sí, se
enamoró, pero del anillo de esmeraldas de Clowdisley, al que asesinó sin
demasiado esfuerzo. La colgarían tres décadas después, admitiendo su crimen a
un sacerdote, y enseñando el anillo como prueba.
Bien, volvamos atrás en el tiempo, a
1714, momento en que el parlamento inglés convocó un concurso premiando muy
generosamente a quien hallara la solución al problema de la longitud. Lo mismo
se hizo antes en España, Países Bajos y ciudades/estado italianas, sin éxito
hasta el momento.
En realidad, ya se conocía el método
para calcular con precisión la longitud, pero faltaban las herramientas. Para hallar
la longitud en un barco que navega, basta con tener dos relojes. Uno debe
indicar la hora de abordo ajustándolo al mediodía local en el mar, y el otro la
del puerto base. Los dos tiempos reales permiten que el navegante traduzca la
diferencia horaria en separación geográfica. Puesto que la tierra tarda
veinticuatro horas en girar completamente 360º y, cada hora de diferencia entre
ambos relojes, significa 15º grados hacia el este o el oeste, en el ecuador, por
ejemplo, donde es mayor el perímetro de la tierra, esos 15º representan 1000
millas, o unos 1700 km.
Pero los relojes más fiables de la
época tenían péndulos y aceites, por lo que su mecanismo en el mar se
desbarataba sin remedio. No existía solución práctica, solo teórica.
Y
entonces nació John “Longitud” Harrison, el mayor de cinco hermanos, el 24 de
marzo de 1693, en el condado de Yorkshire. Se sabe muy poco de su juventud.
Llevó una vida muy humilde de provincias. Trabajando como un anónimo carpintero
durante treinta años.
Sus biógrafos, hablan de Harrison
como un muchacho muy inquieto intelectualmente. Se desconoce cuándo y cómo,
pero aprende a tocar la viola y forma parte del coro de la iglesia de Barrow,
un pueblecito de Lincolnshire. Por lo visto, un sacerdote de visita a la
parroquia conoce al joven Harrison, al que prestará un libro titulado Mecánica de Saunderson, que son los
manuscritos de un ciclo de conferencias de filosofía de la naturaleza del
matemático Nicholas Saunderson. Esto ocurre alrededor de 1712, lo que demuestra
que Harrison, aun siendo un jovencísimo muchacho pobremente formado, lograba
producir respeto y admiración en las personas que lo conocían.
Harrison copió el libro a mano,
incluyendo los dibujos de los diagramas. Estudió los textos, a los que añadiría
anotaciones de ideas propias durantes los años venideros. Sería un libro
fundamental en su formación autodidacta, junto a los Principia de Isaac Newton.
Antes de cumplir los 20 años, en
1713, terminaría su primer reloj de péndulo. Continúa siendo una incógnita cómo
se embarcó en un proyecto así, careciendo de experiencia alguna como aprendiz
de relojero. El reloj aún existe: se encuentra en una sala del museo del Gremio
de Relojeros, en Guildhall, Londres. Ciertamente, es el reloj de un ebanista,
realizado con ruedas dentadas de roble y ejes de boj. Práctico e ingenioso.
Pero, la gran pregunta es: ¿dónde lo aprendió? Un reloj era un objeto carísimo,
tanto si era de pared como de bolsillo. Y aunque se tuviera el dinero para
pagarlo, no era algo fácil de obtener. Que se sepa, en el norte de Lincolnshire
no vivió ni trabajo relojero alguno, aparte del propio Harrison, a principios
del siglo XVIII. El cual volvería a construir dos relojes más, idénticos al
anterior en 1715 y 1717.
Sobre su vida sentimental, se sabe
que contrajo matrimonio el 30 de agosto de 1718 con Elizabeth Barrel, quien le
dio un hijo, que recibió el nombre de su padre, John. Siete años después,
Elizabeth enfermó y murió. Seis meses después, Harrison volvería a casarse con
una mujer diez años más joven, llamada Elizabeth Scott, el 23 de noviembre de
1726. Elizabeth le daría dos hijos, niño y niña. John, el que tuvo con su
primera esposa, moriría a los dieciocho años.
Pero, contando el devenir de su vida
familiar, alrededor de 1720, sir Charles Pelham le contrató para que
construyera un reloj de torre, sobre las nuevas caballerizas de su casa
solariega. Lo terminó en 1722, y aún sigue dando la hora. Lo hace desde hace
más de 270 años, salvo una pequeña interrupción en 1884 para restaurarlo. Pero
el engranaje es el mismo, exento de fricciones, sin necesidad de aceites,
porque la propia madera de guayacán con la que está fabricado, exuda grasa.
John se asoció con su hermano James,
once años menor que él, y juntos desarrollaron dos artilugios que hacían
posible que sus relojes de pie marcasen la hora de manera casi perfecta. Esas
nuevas piezas se llamarían <<parrilla>> y
<<saltamontes>>, y servirían para ajustar las contracciones y
dilataciones de los metales usados en el mecanismo a causa de los cambios de
temperatura. Y así, en sus comprobaciones, si los relojes de los hermanos
Harrison jamás cometieron un error mayor de un segundo en un mes, los mejores
relojes de bolsillo que se fabricaban por aquel entonces ser retrasaban
alrededor de un minuto al día.
Los relojes de los Harrison no
estaban todavía preparados para el desafío de subirlos a un barco, a sufrir el
aire salobre y el mar tempestuoso, pero pensaron que, si lograban encontrar el
modo de fabricar el primer cronómetro marino de la Historia, se embolsarían las
20.000 libras del premio de la longitud, y además serían la casa de relojes más
famosa de todos los tiempos. Y así, John partió hacia Londres, en un
viaje de 350 kilómetros, dispuesto a presentarse ante el Consejo de la Longitud
armado con los planos de un reloj que usaba un dispositivo inédito de
engranajes al que había dedicado cuatro años de estudio.
John Harrison llegó al bullicioso
Londres el verano de 1730, a la edad de 37 años dispuesto a solicitar una
entrevista con el Consejo de la Longitud. Descubrió entonces que dicho
organismo, no solo carecía de una sede oficial sino que, en sus quince años de
historia, sus miembros no se habían reunido jamás. Se limitaban a escribir
cartas de rechazo a los inventores, hastiados de tanto disparate.
Uno de sus miembros era el insigne
astrónomo Edmond Halley, director en aquel entonces del observatorio de
Greenwich. Halley era un tipo agradable, que recibió de modo cortés a Harrison,
y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió impresionado. Pero había un
problema de envergadura a la solución mecánica que Harrison proponía, el
Consejo de la Longitud no lo iba a recibir con buenos ojos, pues una gran
mayoría de sus miembros apostaba por una solución astronómica. Entre ellos
Isaac Newton, cuyo narcisismo le impedía imaginar que el mejor científico de
todos los tiempos no pudiera resolver el mayor problema de todos los tiempos.
¿Cómo se sentiría si la solución la diera nada menos que un relojero de
provincias?
Halley, que aunque confiara en la
astronomía como solución, era tolerante y recomendó a Harrison que visitara a
George Graham, miembro también del Consejo, y quien se convertiría en su mejor
aliado. El resultado de aquella reunión terminó con un apretón de manos. Graham
le prestó una buena suma de dinero, en muy buenas condiciones, para que
comenzara a construir el primer reloj marino. Harrison regresó a Barrow y,
durante cinco años, se dedicó en cuerpo y alma al ensamblado del hoy conocido
como H-1, con la inestimable ayuda de su hermano. Durante los años 1736 y 1737
se hicieron pruebas en alta mar del H-1, con excelentes resultados. De hecho,
el 30 de junio de 1737 se reunió por vez primera el Consejo. Había políticos y
eminentes hombres de ciencia, muy favorables a examinar la prodigiosa máquina
de Harrison. No estaban todos los que eran, pero eran todos los que estaban.
Terminaron felicitándole tras
escucharle atentamente, y le agradecieron su servicio al rey y la patria. Tenía
pleno derecho a exigir un viaje de pruebas a las Indias Occidentales, para
demostrar que el H-1 le hacía merecedor de las 20.000 libras. Y de pronto, como
una broma cruel del propio Harrison, él mismo empezó a discrepar de las
bondades de su máquina. Aseguró que mostraba defectos que debía enmendar. En su
opinión, era necesario un segundo reloj mejorado.
¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se
convirtió en su único enemigo en aquella reunión? ¿Qué le llevó a dispararse en
el pie?
John Harrison era extremadamente
perfeccionista, y, quizás, se sentía demasiado seguro del entusiasmo que su
máquina había generado como para no perder el apoyo.
Regresó al Consejo en enero de 1741
con el H-2, repitiendo asombrosamente la misma forma de actuar que la vez
anterior. Pidió regresar a su casa para volver a construir un nuevo reloj
marino. Por tanto, puesto que Harrison se negó a que el H-2 fuera probado en el
mar, la Royal Society la examinó en tierra, sometiendo la máquina a cambios
bruscos de temperatura, así como a fuertes movimientos, tanto o mayores que los
sufridos por un barco en una tempestad. El informe de la Royal Society
dictaminó que el reloj salió ileso de las pruebas, y lo consideraba óptimo por
su movimiento regular y exacto para usarlo como medio de hallar la longitud.
Pero Harrison, en su peculiar forma de ser, rechazó los elogios y pidió tiempo
para construir el H-3.
Tenía 48 años de edad, y se había
establecido en Londres. Decidió encerrarse en su taller, y desaparecer durante
los siguientes 20 años para construir el H-3. Solo salía de su escondrijo para
pedir 500 libras al Consejo e ir a recogerlas. ¿Qué llevó a Harrison a emplear
casi veinte años de su vida en la fabricación del tercer reloj marino, siendo
como él era, trabajador incansable? No se sabe. Ni siquiera abandonó el taller
para recibir la medalla de oro de Copley el 30 de noviembre de 1749, concedida
por la Royal Society, y que ha sido otorgada a gente como Benjamin Franklin y
Albert Einstein. Prefirió enviar a su hijo William a recogerla, quien, por
méritos propios, llegaría a ser miembro de la prestigiosa sociedad.
Cuando el H-3 quedó terminado, con
sus 753 elementos, sesenta centímetros de altura y la mitad de anchura,
Harrison había alcanzado la máxima reducción posible para un reloj marino.
Y aún así, seguía sintiéndose
insatisfecho.
De hecho, ¿existía alguna forma de
lograr que Harrison encontrara la perfección que buscaba?
Sí.
Diez años después del H-3, en 1759,
dio punto final a su linaje de cronómetros con el H-4. Una obra maestra de la
horología. Había logrado reducir el dispositivo al máximo. El H-4 no llegaba a
ser un reloj de bolsillo, pero sus dimensiones como reloj marino eran diminutas:
127mm de diámetro; y su peso era asombrosamente ligero: 1.360 grs.
Pronto sería bautizado El Reloj,
encarnando la esencia misma de la elegancia y la exactitud.
<<Creo –escribió Harrison- que
puedo permitirme decir que no existe ninguna otra cosa en el mundo, mecánica o
matemática, que sea más hermosa o curiosa en cuanto a su textura que este mi
reloj o marcador de tiempo para la longitud… y doy gracias de todo corazón a
Dios Todopoderoso por haber vivido el tiempo suficiente como para, en cierta
medida, haberlo acabado>>.
Pero Dios escribe con renglones
torcidos.
Uno de sus ministros, el reverendo
Nevil Maskelyne se convirtió entonces en su peor pesadilla. Aliado de uno de
los miembros del jurado, James Bradley, ambos aspiraban a resolver el problema
de la longitud con su teoría de la distancia lunar. Para ello, Maskelyne
necesitaba tiempo para realizar trabajos de medición en lugares distantes. La
guerra de los siete años y el inestimable apoyo de Bradley, sometiendo los
relojes de Harrison a pruebas interminables, le concedieron más de una década. Bradley
moriría en junio de 1762, pero había hecho bien su trabajo, desprestigiando a
las máquinas de Harrison entre los miembros del Consejo de la Longitud, la
mayoría astrónomos, que acabaron viendo con simpatía la teoría de la distancia
lunar de Maskelyne. Atormentaron a Harrison con exigencias y burocracia,
hundiéndolo moralmente.
En 1770, a los 77 años de edad, con
poca vista y ataques periódicos de gota, John Harrison terminó de construir el
H-5. Tan complejo internamente como el H-4, pero de aspecto austero por fuera,
fue la obra de un hombre triste, sabio y prudente.
Su
hijo William, mientras tanto, estuvo durante muchos años viajando con los
relojes en los barcos de la Marina de Guerra, defendiendo sus maravillosas
máquinas. Cuando el rey Jorge III, muy interesado en el progreso y litigios de
la ciencia de su tiempo, recibió a William en el castillo de Windsor tras
pedirle audiencia, le puso al corriente de los atropellos del Consejo con su
padre. El rey prometió hacer justicia.
Di orden al primer ministro Lord
North y su gobierno de instar al Consejo a otorgar el premio del Decreto de la
Longitud a John Harrison en 1773. No fue una arbitrariedad del monarca. Los
hechos daban repetidas muestras de la justicia de la decisión, como cuando el
famoso capitán James Cook regresó en 1775 de su segundo viaje al Pacífico sur
alabando la precisión del H-4, al que había subido a bordo del Resolution.
Pero a John Harrison parecieron no
compensar tanta afrenta. Una lástima
que alguien como él, con su contribución al saber humano, dejara el mundo de un
modo tan amargo. Rumiando sinsabores gestados por el nepotismo de clase y
posición y, esa envidia malsana mucho más extendida fuera de nuestras fronteras
de lo que los españoles nos creemos tan exclusivos.
Harrison falleció el 24 de marzo de 1776, a la
edad exacta de 83 años.
Yo estuve hace muchos años en el
Museo Marítimo de Londres, y paseé distraído por la sala de los Harrison. Sé que me quedé observando
impresionado el mecanismo hipnótico de alguno de ellos. Uno de los primeros
cronómetros, que es la forma adecuada de nombrar a un reloj marino. De lo que
estoy seguro es que no era el H-4, porque había varias personas frente a una
vitrina, y solo podía ser por el favorito de los Harrison. Su más preciada
criatura.
Yo no era consciente de lo que
estaba viendo. Me limitaba a observar con curioso regocijo los intrincados
dispositivos mecánicos, echar un vistazo a mi alrededor, y salir de la
sala.