Ya está a punto de estrenarse la 5ª
temporada de la serie Mad Men, en el canal americano AMC. Personalmente,
siempre me he sentido más atraído por Breaking Bad, aunque comparar ambas
series sea un ejercicio improductivo. De todas formas, ya llegado a ello, cabe
decir que los personajes principales de las tramas, Walter White de Breaking
Bad y Don Draper de Mad Men, coinciden en tratar de esconder sus verdaderas
identidades hasta cierto grado de confusión.
La vida de un ego duplicado, que
conlleva vivir como un farsante, les lleva a rodear su existencia de mentiras
nunca perfectas, que de alguna forma u otra, desbordan los límites en que
desean guardarlas. Quizá el gran éxito de estas dos series, más allá de la
maestría con la que están hechas, tenga su fuerza en identificarse con
personajes que fingen constantemente. Seres perdidos en un mundo que les
resulta hostil, tanto en el trabajo como la familia. Hay una amargura general
en ambas creaciones que lo cubre todo, y que como espectador sabes que es casi
imposible esperar un final feliz. Breaking Bad, en cierta forma, rompe esta regla
en su último capítulo, pero recuerdo un gran número de finales en sus cuatro
temporadas resueltos con una enorme dureza. La verdad es que sorprendía ver el
éxito de unas series con personajes tan oscuros, hasta ser unos perfectos
antihéroes.
Sin duda, esta televisión que propone
Mad Men cuenta con un público maduro, que no teme que le digan que los Reyes
Magos son Papá y Mamá. Como ese monólogo de Woody Allen que abría Annie Hall:
“¿Conocen este chiste? Dos señoras de
edad están en un hotel de alta montaña y
dice una:
-Vaya, aquí la comida es realmente
terrible.
Y contesta la otra:
-Sí, y además las raciones son tan
pequeñas…
Pues, básicamente,
así es como me parece la vida: llena de soledad, miseria, sufrimiento,
tristeza, y, sin embargo, se acaba demasiado deprisa.”

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