sábado, 24 de marzo de 2012

El hombre que atrapó el tiempo


            Hoy cumplo 41 años y, como decía el gran Billy Wilder, espero morir a los 104 años, asesinado por un marido celoso. Cuando era un niño, un juego mío especialmente egocéntrico, era descubrir lo más relevante que había sucedido un día como hoy, 24 de marzo, aparte de mi propio nacimiento. La Wikipedia habla de la muerte de la reina de Inglaterra Isabel I, el nacimiento del mago Houdini y el golpe de estado en la Argentina por parte de la junta militar que dirigió (Sr. Matanza) Videla.  

            Hombre, todo importante, pero no precisamente para celebrarlo. Y entonces descubrí al bueno de John Harrison.

            Aunque va a ser un post largo, la historia que voy a contar merece ser leída porque es muy buena.  Empieza y termina un 24 de marzo. Si hubiera sido del mismo año de 1693, nunca se hubiera hablado de John Harrison, pero, mirándolo bien, su logro fue tan importante, que llama la atención el eco tan discreto que ha quedado de su vida.



Antes de la llegada de John Harrison a este valle de lágrimas, es esencial entender la necesidad humana por calibrar el mundo. Para eso, desde la antigüedad, se trazaron líneas paralelas que anillaran el globo terráqueo desde el ecuador hasta los polos norte y sur, marcando así la latitud. Y, del mismo modo, pero distribuidas verticalmente, se dibujaron los meridianos de la longitud. De esta manera, el planeta, en su inmensa extensión, y más allá de cambios de fronteras o desastres geológicos, quedaba compartimentado en coordenadas para la medición.

            El gran cartógrafo y astrónomo Tolomeo, hacia el año 150 de nuestra era, ya utilizó los meridianos en su primer atlas. Los veintisiete mapas que realizó, sirviéndose de los testimonios de viajeros, desaparecían por debajo del meridiano del ecuador, que era el paralelo cero, porque creía, como cualquiera de su época, que el terrible calor derretiría toda materia. Pero elegir el ecuador, más allá de esta creencia, tenía sentido, puesto que los cuerpos celestes como el sol y la luna pasan casi justo por encima, y eso facilita su ubicación. Cristóbal Colón lo siguió en su viaje a América, lo que sentenció la suerte de los caribeños, que hasta entonces se las arreglaban muy bien en su Edén (guiños perversos de la Historia). 

            Pero, si es fácil trazar el punto de partida de la latitud, ¿por dónde empezar con la longitud? Radiar líneas verticales de polo a polo, dada la rotación de la tierra, es una cuestión política. Tolomeo decidió que pasara por Canarias y Madeira, que era lo más al oeste que podía ir según sus fuentes. Posteriormente, los cartógrafos lo han ido colocando en muchos lugares, hasta haber quedado finalmente situado en Londres por méritos propios, dicho sea de paso, gracias a John Harrison. Y cosa curiosa, que Inglaterra no haya glorificado con más ahínco a quien lo hizo posible.



Pero quizá no estoy dejando muy clara la dimensión del problema que supuso no poder establecer la longitud en una carta náutica. Las tripulaciones que se adentraban en el océano, se veían completamente rodeadas de agua sobre la que no había nada que sirviera de punto de referencia, y el cielo nocturno, en gran parte, era un misterio no siempre visible. Era igual a quedar abandonado en el vacío absoluto.

            Los navegantes portugueses de la Era de los Descubrimientos, o los españoles, ingleses, holandeses y franceses que viajaban entre América, Europa y Oceanía, medían la distancia del puerto base lanzando una corredera por la borda, y observando la rapidez con la que se alejaba. Calculando así el llamado “punto estimado”, se sumaban los muchos factores a tener en cuenta, y se estimaba la longitud. Lo más habitual era errar, y pagarlo caro. Durante los siglos XV, XVI y XVII, las travesías largas solían prolongarse más aún por la mala medición. Y la dieta de la navegación de altura carecía de fruta y verdura fresca, lo que privaba a la tripulación de vitamina C, condenándola al escorbuto y la sed.

            Para evitar perderse, las travesías guardaban la guía que les proporcionaba la latitud, como hizo Colón, lo que venía a producir una especie de ruta oceánica por la que transitaban balleneros, piratas, buques de guerra y buques mercantes. Una reunión tumultuosa, como diría Tom Sharpe, no precisamente bien avenida.    

            Pero sería una tragedia de grandes dimensiones, la que llevaría a buscar con urgencia una solución eficaz y definitiva.

            El almirante Sir Clowdisley Shovell regresaba con su flota a Inglaterra en octubre de 1707, tras luchar con los franceses en el Mediterráneo. A la altura de Bretaña la densa bruma otoñal inquietó a las tripulaciones, conscientes de las peligrosas rocas que desde la costa se adentraban en el mar. Un marinero del buque insignia Association, temiendo que la flota se encaminara al desastre, se atrevió a hacer saber al almirante cuál era la posición según sus cálculos. Algo así estaba prohibido en la Marina de Guerra, pues significaba que un marinero se creía capaz de realizar las tareas de un oficial, y de ahí a pensar en sustituirlo había un paso. Sir Clowdisley mandó ahorcarlo por insubordinación. Veinticuatro horas después, el Association se estampó contra las rocas de las islas Sorlingas, hundiéndose en cuestión de minutos. Le siguieron el Eagle y el Romney. En total, cuatro de los cinco buques de la flota quedaron destruidos y dos mil hombres perdieron la vida.

            Clowdisley y otro tripulante fueron los únicos que salvaron la vida. El almirante quedó tendido sobre la arena, agotado, cuando lo encontró una mujer de la región y se enamoró. Sí, se enamoró, pero del anillo de esmeraldas de Clowdisley, al que asesinó sin demasiado esfuerzo. La colgarían tres décadas después, admitiendo su crimen a un sacerdote, y enseñando el anillo como prueba.



            Bien, volvamos atrás en el tiempo, a 1714, momento en que el parlamento inglés convocó un concurso premiando muy generosamente a quien hallara la solución al problema de la longitud. Lo mismo se hizo antes en España, Países Bajos y ciudades/estado italianas, sin éxito hasta el momento.

            En realidad, ya se conocía el método para calcular con precisión la longitud, pero faltaban las herramientas. Para hallar la longitud en un barco que navega, basta con tener dos relojes. Uno debe indicar la hora de abordo ajustándolo al mediodía local en el mar, y el otro la del puerto base. Los dos tiempos reales permiten que el navegante traduzca la diferencia horaria en separación geográfica. Puesto que la tierra tarda veinticuatro horas en girar completamente 360º y, cada hora de diferencia entre ambos relojes, significa 15º grados hacia el este o el oeste, en el ecuador, por ejemplo, donde es mayor el perímetro de la tierra, esos 15º representan 1000 millas, o unos 1700 km.

            Pero los relojes más fiables de la época tenían péndulos y aceites, por lo que su mecanismo en el mar se desbarataba sin remedio. No existía solución práctica, solo teórica.



Y entonces nació John “Longitud” Harrison, el mayor de cinco hermanos, el 24 de marzo de 1693, en el condado de Yorkshire. Se sabe muy poco de su juventud. Llevó una vida muy humilde de provincias. Trabajando como un anónimo carpintero durante treinta años.  

            Sus biógrafos, hablan de Harrison como un muchacho muy inquieto intelectualmente. Se desconoce cuándo y cómo, pero aprende a tocar la viola y forma parte del coro de la iglesia de Barrow, un pueblecito de Lincolnshire. Por lo visto, un sacerdote de visita a la parroquia conoce al joven Harrison, al que prestará un libro titulado Mecánica de Saunderson, que son los manuscritos de un ciclo de conferencias de filosofía de la naturaleza del matemático Nicholas Saunderson. Esto ocurre alrededor de 1712, lo que demuestra que Harrison, aun siendo un jovencísimo muchacho pobremente formado, lograba producir respeto y admiración en las personas que lo conocían.

            Harrison copió el libro a mano, incluyendo los dibujos de los diagramas. Estudió los textos, a los que añadiría anotaciones de ideas propias durantes los años venideros. Sería un libro fundamental en su formación autodidacta, junto a los Principia de Isaac Newton.

            Antes de cumplir los 20 años, en 1713, terminaría su primer reloj de péndulo. Continúa siendo una incógnita cómo se embarcó en un proyecto así, careciendo de experiencia alguna como aprendiz de relojero. El reloj aún existe: se encuentra en una sala del museo del Gremio de Relojeros, en Guildhall, Londres. Ciertamente, es el reloj de un ebanista, realizado con ruedas dentadas de roble y ejes de boj. Práctico e ingenioso. Pero, la gran pregunta es: ¿dónde lo aprendió? Un reloj era un objeto carísimo, tanto si era de pared como de bolsillo. Y aunque se tuviera el dinero para pagarlo, no era algo fácil de obtener. Que se sepa, en el norte de Lincolnshire no vivió ni trabajo relojero alguno, aparte del propio Harrison, a principios del siglo XVIII. El cual volvería a construir dos relojes más, idénticos al anterior en 1715 y 1717.

            Sobre su vida sentimental, se sabe que contrajo matrimonio el 30 de agosto de 1718 con Elizabeth Barrel, quien le dio un hijo, que recibió el nombre de su padre, John. Siete años después, Elizabeth enfermó y murió. Seis meses después, Harrison volvería a casarse con una mujer diez años más joven, llamada Elizabeth Scott, el 23 de noviembre de 1726. Elizabeth le daría dos hijos, niño y niña. John, el que tuvo con su primera esposa, moriría a los dieciocho años.

            Pero, contando el devenir de su vida familiar, alrededor de 1720, sir Charles Pelham le contrató para que construyera un reloj de torre, sobre las nuevas caballerizas de su casa solariega. Lo terminó en 1722, y aún sigue dando la hora. Lo hace desde hace más de 270 años, salvo una pequeña interrupción en 1884 para restaurarlo. Pero el engranaje es el mismo, exento de fricciones, sin necesidad de aceites, porque la propia madera de guayacán con la que está fabricado, exuda grasa.

            John se asoció con su hermano James, once años menor que él, y juntos desarrollaron dos artilugios que hacían posible que sus relojes de pie marcasen la hora de manera casi perfecta. Esas nuevas piezas se llamarían <<parrilla>> y <<saltamontes>>, y servirían para ajustar las contracciones y dilataciones de los metales usados en el mecanismo a causa de los cambios de temperatura. Y así, en sus comprobaciones, si los relojes de los hermanos Harrison jamás cometieron un error mayor de un segundo en un mes, los mejores relojes de bolsillo que se fabricaban por aquel entonces ser retrasaban alrededor de un minuto al día.   

            Los relojes de los Harrison no estaban todavía preparados para el desafío de subirlos a un barco, a sufrir el aire salobre y el mar tempestuoso, pero pensaron que, si lograban encontrar el modo de fabricar el primer cronómetro marino de la Historia, se embolsarían las 20.000 libras del premio de la longitud, y además serían la casa de relojes más famosa de todos los tiempos. Y así, John partió hacia Londres, en un viaje de 350 kilómetros, dispuesto a presentarse ante el Consejo de la Longitud armado con los planos de un reloj que usaba un dispositivo inédito de engranajes al que había dedicado cuatro años de estudio.  

            John Harrison llegó al bullicioso Londres el verano de 1730, a la edad de 37 años dispuesto a solicitar una entrevista con el Consejo de la Longitud. Descubrió entonces que dicho organismo, no solo carecía de una sede oficial sino que, en sus quince años de historia, sus miembros no se habían reunido jamás. Se limitaban a escribir cartas de rechazo a los inventores, hastiados de tanto disparate.

            Uno de sus miembros era el insigne astrónomo Edmond Halley, director en aquel entonces del observatorio de Greenwich. Halley era un tipo agradable, que recibió de modo cortés a Harrison, y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió impresionado. Pero había un problema de envergadura a la solución mecánica que Harrison proponía, el Consejo de la Longitud no lo iba a recibir con buenos ojos, pues una gran mayoría de sus miembros apostaba por una solución astronómica. Entre ellos Isaac Newton, cuyo narcisismo le impedía imaginar que el mejor científico de todos los tiempos no pudiera resolver el mayor problema de todos los tiempos. ¿Cómo se sentiría si la solución la diera nada menos que un relojero de provincias?

            Halley, que aunque confiara en la astronomía como solución, era tolerante y recomendó a Harrison que visitara a George Graham, miembro también del Consejo, y quien se convertiría en su mejor aliado. El resultado de aquella reunión terminó con un apretón de manos. Graham le prestó una buena suma de dinero, en muy buenas condiciones, para que comenzara a construir el primer reloj marino. Harrison regresó a Barrow y, durante cinco años, se dedicó en cuerpo y alma al ensamblado del hoy conocido como H-1, con la inestimable ayuda de su hermano. Durante los años 1736 y 1737 se hicieron pruebas en alta mar del H-1, con excelentes resultados. De hecho, el 30 de junio de 1737 se reunió por vez primera el Consejo. Había políticos y eminentes hombres de ciencia, muy favorables a examinar la prodigiosa máquina de Harrison. No estaban todos los que eran, pero eran todos los que estaban.

            Terminaron felicitándole tras escucharle atentamente, y le agradecieron su servicio al rey y la patria. Tenía pleno derecho a exigir un viaje de pruebas a las Indias Occidentales, para demostrar que el H-1 le hacía merecedor de las 20.000 libras. Y de pronto, como una broma cruel del propio Harrison, él mismo empezó a discrepar de las bondades de su máquina. Aseguró que mostraba defectos que debía enmendar. En su opinión, era necesario un segundo reloj mejorado.  

            ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se convirtió en su único enemigo en aquella reunión? ¿Qué le llevó a dispararse en el pie?

            John Harrison era extremadamente perfeccionista, y, quizás, se sentía demasiado seguro del entusiasmo que su máquina había generado como para no perder el apoyo.

            Regresó al Consejo en enero de 1741 con el H-2, repitiendo asombrosamente la misma forma de actuar que la vez anterior. Pidió regresar a su casa para volver a construir un nuevo reloj marino. Por tanto, puesto que Harrison se negó a que el H-2 fuera probado en el mar, la Royal Society la examinó en tierra, sometiendo la máquina a cambios bruscos de temperatura, así como a fuertes movimientos, tanto o mayores que los sufridos por un barco en una tempestad. El informe de la Royal Society dictaminó que el reloj salió ileso de las pruebas, y lo consideraba óptimo por su movimiento regular y exacto para usarlo como medio de hallar la longitud. Pero Harrison, en su peculiar forma de ser, rechazó los elogios y pidió tiempo para construir el H-3.

            Tenía 48 años de edad, y se había establecido en Londres. Decidió encerrarse en su taller, y desaparecer durante los siguientes 20 años para construir el H-3. Solo salía de su escondrijo para pedir 500 libras al Consejo e ir a recogerlas. ¿Qué llevó a Harrison a emplear casi veinte años de su vida en la fabricación del tercer reloj marino, siendo como él era, trabajador incansable? No se sabe. Ni siquiera abandonó el taller para recibir la medalla de oro de Copley el 30 de noviembre de 1749, concedida por la Royal Society, y que ha sido otorgada a gente como Benjamin Franklin y Albert Einstein. Prefirió enviar a su hijo William a recogerla, quien, por méritos propios, llegaría a ser miembro de la prestigiosa sociedad.

            Cuando el H-3 quedó terminado, con sus 753 elementos, sesenta centímetros de altura y la mitad de anchura, Harrison había alcanzado la máxima reducción posible para un reloj marino.

            Y aún así, seguía sintiéndose insatisfecho.

            De hecho, ¿existía alguna forma de lograr que Harrison encontrara la perfección que buscaba?

            Sí.

            Diez años después del H-3, en 1759, dio punto final a su linaje de cronómetros con el H-4. Una obra maestra de la horología. Había logrado reducir el dispositivo al máximo. El H-4 no llegaba a ser un reloj de bolsillo, pero sus dimensiones como reloj marino eran diminutas: 127mm de diámetro; y su peso era asombrosamente ligero: 1.360 grs.

            Pronto sería bautizado El Reloj, encarnando la esencia misma de la elegancia y la exactitud.

            <<Creo –escribió Harrison- que puedo permitirme decir que no existe ninguna otra cosa en el mundo, mecánica o matemática, que sea más hermosa o curiosa en cuanto a su textura que este mi reloj o marcador de tiempo para la longitud… y doy gracias de todo corazón a Dios Todopoderoso por haber vivido el tiempo suficiente como para, en cierta medida, haberlo acabado>>.

            Pero Dios escribe con renglones torcidos.

            Uno de sus ministros, el reverendo Nevil Maskelyne se convirtió entonces en su peor pesadilla. Aliado de uno de los miembros del jurado, James Bradley, ambos aspiraban a resolver el problema de la longitud con su teoría de la distancia lunar. Para ello, Maskelyne necesitaba tiempo para realizar trabajos de medición en lugares distantes. La guerra de los siete años y el inestimable apoyo de Bradley, sometiendo los relojes de Harrison a pruebas interminables, le concedieron más de una década. Bradley moriría en junio de 1762, pero había hecho bien su trabajo, desprestigiando a las máquinas de Harrison entre los miembros del Consejo de la Longitud, la mayoría astrónomos, que acabaron viendo con simpatía la teoría de la distancia lunar de Maskelyne. Atormentaron a Harrison con exigencias y burocracia, hundiéndolo moralmente.  

            En 1770, a los 77 años de edad, con poca vista y ataques periódicos de gota, John Harrison terminó de construir el H-5. Tan complejo internamente como el H-4, pero de aspecto austero por fuera, fue la obra de un hombre triste, sabio y prudente.





Su hijo William, mientras tanto, estuvo durante muchos años viajando con los relojes en los barcos de la Marina de Guerra, defendiendo sus maravillosas máquinas. Cuando el rey Jorge III, muy interesado en el progreso y litigios de la ciencia de su tiempo, recibió a William en el castillo de Windsor tras pedirle audiencia, le puso al corriente de los atropellos del Consejo con su padre. El rey prometió hacer justicia.

            Di orden al primer ministro Lord North y su gobierno de instar al Consejo a otorgar el premio del Decreto de la Longitud a John Harrison en 1773. No fue una arbitrariedad del monarca. Los hechos daban repetidas muestras de la justicia de la decisión, como cuando el famoso capitán James Cook regresó en 1775 de su segundo viaje al Pacífico sur alabando la precisión del H-4, al que había subido a bordo del Resolution.

            Pero a John Harrison parecieron no compensar tanta afrenta.     Una lástima que alguien como él, con su contribución al saber humano, dejara el mundo de un modo tan amargo. Rumiando sinsabores gestados por el nepotismo de clase y posición y, esa envidia malsana mucho más extendida fuera de nuestras fronteras de lo que los españoles nos creemos tan exclusivos.

             Harrison falleció el 24 de marzo de 1776, a la edad exacta de 83 años.

            Yo estuve hace muchos años en el Museo Marítimo de Londres, y paseé distraído por la sala de los Harrison. Sé que me quedé observando impresionado el mecanismo hipnótico de alguno de ellos. Uno de los primeros cronómetros, que es la forma adecuada de nombrar a un reloj marino. De lo que estoy seguro es que no era el H-4, porque había varias personas frente a una vitrina, y solo podía ser por el favorito de los Harrison. Su más preciada criatura.



            Yo no era consciente de lo que estaba viendo. Me limitaba a observar con curioso regocijo los intrincados dispositivos mecánicos, echar un vistazo a mi alrededor, y salir de la sala. 

2 comentarios:

  1. Post largo, pero aquí se demuestra la calidad y el buen saber hacer, es impresionante!. Me ha gustado! Un saludo

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  2. Sí, sí es largo. La mayor parte el recuento con mis palabras de un maravilloso libro de Dava Sobel: Longitud.
    Un beso.

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